Carlos Losilla

En una sección oficial, la de Seminci 2026, dominada hasta ahora por fantasmas y espíritus, ambientes enrarecidos y territorios ignotos, una película con un punto de partida tan concreto como I Rarely Wake Up Dreaming, el último largo de Isabelle Stever, podría parecer una excepción. No lo es, sin embargo, porque por mucho que hable de la guerra de Ucrania, y la sitúe en imposible mixtura con la cuestión de la transexualidad, su forma y estilo construyen, a partir de esa perspectiva, un espacio fragmentario y voluntariamente desequilibrado: un flashback deja paso a un relato astillado, hecho de escenas breves, brevísimas, y encuadres siempre inestables, que cuenta la peripecia de una pareja –uno de cuyos miembros está en plena transición sexual– asolada y desolada por la guerra, que se convierte así en metáfora de ida y vuelta. Por una parte, el conflicto es como la vida llevada al límite, un exceso de energía que afecta a la cotidianeidad como si constantemente estuviera a punto de romperla. Por otra, la relación emocional y sexual de los protagonistas es también una guerra en miniatura que se expande a los padres, la familia, los amigos, el pueblo ucraniano en general…

El realismo se hace así imposible, una de las constantes de las películas vistas hasta ahora en la sección. Y cuando implosiona lo hace no solo estructuralmente, sino también desde el mismísimo núcleo de las imágenes del film, que de este modo se sitúan entre el apunte narrativo y el esbozo cromático, como si nada pudiera tomar una forma definitiva o adoptar una construcción más o menos convencional. Si el hecho de contar una guerra no admite normas, si enfrentarse a la complejidad sexual contemporánea no es una misión fácil, tampoco encontrar un cierto equilibrio formal para una película narrativa resulta sencillo, de modo que solo queda crear atmósferas, insertar a los personajes en esas estructuras flotantes y dejar que evolucionen sin imponerles regla alguna. Si en The Echo Chamber, de Andrea Pallaoro, como vimos, el fantasma era la ausencia de una materialidad sólida, en I Rarely Wake Up Dreaming la consigna es la consecución de una narrativa onírica –el relato de sendos sueños abre y cierra la película– a partir de una realidad hecha añicos. La venganza del cine consiste en negarse a crear nuevas formas, asumir la derrota para volver a empezar desde esa tierra quemada, quizá filmándola tal cual.