Carlos Losilla

Bernardo Bertolucci pasó sus últimos años en una silla de ruedas, aquejado de graves problemas de espalda. Quizá por eso su último guion, que nunca llegó a rodar, convoca a un músico con esa misma dolencia, adicto a todo tipo de sustancias y enamorado de su enfermera, que intenta que una cantante mítica salga de su retiro para que grabe el que podría ser su último disco… He aquí un marco crepuscular, muy caro al mundo y el estilo de Bertolucci, que ha retomado Andrea Pallaoro para filmar una película cuya primera intención tiene que ver precisamente con ese ambiente compuesto en sfumato:  The Echo Chamber es un film huidizo que, por mucho que parezca estructurado en unos cuantos tableaux de inspiración tenebrista, de iluminación contrastada, juega constantemente con lo que está y lo que no está en cuadro, incluso con lo que está ahí pero parece que se encuentre en otro lugar, ya sea en un misterioso fuera de campo o en el exterior de la propia película.

En ese laberinto de contradicciones, los fantasmas nunca se hacen explícitos, sino que sobrevuelan cada uno de los diálogos –y la gestualidad de los actores: excelentes Alicia Vikander, Luca Marinelli y Susan Sarandon–, filmados a su vez íntegramente en un interior claustrofóbico, en grandes estancias separadas por puertas tras las cuales se encuentran el vacío y el silencio. Los mismos, por cierto, que invocan algunas conversaciones, donde el acto artístico y el dolor amoroso coinciden para hacerse mutuamente eco. Y es en esa resonancia, en esa reverberación –del sonido, de la imagen– donde tiene lugar el film, un lugar espectral que nunca llega a concretarse. La indefinición temporal se convierte en figura de estilo. Y los movimientos de los actores, que a veces entran y salen del encuadre como en un sueño, dan forma a una estructura deslavazada y llena de agujeros, con el mundo de exterior encerrado en un solo encuadre, el de la ventana que da a la calle y que acaba desempeñando un papel fundamental. The Echo Chamber es un musical intermitente, un melodrama roto, una historia de amor a la que le faltan fragmentos, muchas tramas enfrentadas que nunca llegan a concretarse. Y ese es el verdadero fantasma, la película que nunca fue y que aquí se evoca como si hubiera existido.