Eulàlia Iglesias
Tras codirigir dos entregas de las aventuras de Astérix, el animador Louis Clichy firma un tercer largometraje, Le Corset, en las antípodas de las adaptaciones de Gosciny y Uderzo: un film mucho más personal, íntimo y con una animación 2D que poco tiene que ver con la de las producciones más comerciales. Este deliciosa película de tránsito de la adolescencia a una cierta madurez se centra en el pequeño Christophe, que crece junto a sus padres y sus hermanos, en los años ochenta, en una granja cerca de Chartres. A los once años le detectan un problema de columna: el chico no puede mantenerse erguido. Por lo que estará obligado a llevar día y noche un corsé metálico. Esta condición lo aparta en principio de algunas opciones de vida, incluso del trabajo en la granja. Pero le permite descubrir una inesperada vocación como organista en la iglesia del pueblo. Y conocer en las clases de natación a una chica sorprendente. Christophe labra su propio camino mientras la granja entra en crisis, lo que en un momento lo situará en la difícil situación de escoger entre su vocación natural, la música, y echar una mano en el negocio familiar. Un dilema al que ya se enfrentó su padre, que no soñaba precisamente en convertirse en granjero.
Le Corset se adentra en un imaginario a menudo maltratado en el cine francés: el de la vida cotidiana en el mundo rural. La película dignifica al tiempo que pone en evidencia las dificultades para salir adelante cuando dependes del trabajo en el campo. Además, la figura de Christophe también representa la idea del hijo de granjeros que desarrolla una vocación poco asociada con su entorno. Entre lo mejor de la película se encuentra el papel central que juega ¡la música de órgano! en la vida de su pequeño protagonista. Clichy también despliega con todos los matices los complicados vínculos paterno-filiales, marcados además por la contención emocional propia de los hombres de entornos rurales.
Con una condición física que afecta su vida y una vocación insólita, Christophe es un chico extraordinario al que el film siempre presenta comportándose como un niño normal. Clichy apuesta por un dibujo de rasgos artesanales, que recuerdan al uso de tinta y acuarela, y con una paleta cromática sobria donde abundan los ocres. Y pone la animación al servicio de destacar las singularidades de su protagonista: esa inclinación que desestabiliza el encuadre habitual sobre el mundo; la rigidez del corsé que choca con la plasticidad propia de un mundo animado; y una sensibilidad que en el momento clave le permitirá sentir la música en conexión con su padre. Le Corset se merece gozar de un éxito parecido al de otras propuestas animadas del cine francófono reciente estilo La vida de Calabacín.








