Eulàlia Iglesias
El primer largometraje de Nicolas Winding Refn desde The Neon Demon (2016) se ha presentado en el Festival de Cannes fuera de concurso. Lejos parecen quedar los días en que recibíamos con tremenda expectación cada nueva obra del director de Drive (2011). En este tiempo, el danés ha firmado un par de series, la muy reivindicable Too Old to Die Young (2019) y Copenhagen Cowboy (2023), que adolece ya un cierto desgaste estilístico. Algo parecido a lo que sucede con Her Private Hell, una propuesta que parece destinada solo a los incondicionales de NWR (las siglas con que firma sus obras, en modo marca registrada), en que convergen todas sus inquietudes y rasgos estilísticos. La película se sitúa en una metrópolis de un futuro cercano donde coinciden en un hotel dos actrices que comparten el rodaje de una adaptación de un cómic de ciencia ficción. Lo que le permite a NWR homenajear una estética por él menos transitada, la de un camp futurista, a la manera de Barbarella, dentro de una revisión del imaginario poblado por modelos hiperestilizadas y lánguidas The Neon God. La protagonista mantiene una relación conflictiva con su padre, una figura de aura legendaria, y un vínculo todavía más complicado con su madrastra. De fondo, la historia de un asesino, El hombre de cuero, que parece escapado de un giallo o de un film de Brian de Palma (la profusa banda sonora corre a cargo ni más menos que de Pino Donaggio). E, interrelacionado con todo ello, NWR recupera el arquetipo de héroe masculino trágico para inscribirlo en una actualización del patrón narrativo de Centauros del desierto: el capitán K, soldado estadounidense en Japón durante la Segunda Guerra Mundial, está dispuesto a descender a los infiernos para recuperar a su hija brutalmente asesinada.
La primera reacción ante la nueva propuesta de Nicolas Winding Refn es la de un cierto agotamiento. El danés no solo no explora apenas nuevos territorios, sino que se encapsula en un universo ensimismado donde concentra todas sus obsesiones y tics. Además, la hiperestilización a la que ha tendido en los últimos años desactiva el potencial subversivo de algunas estéticas que convoca, como el camp o los subgéneros del terror, de manera que su propuesta roza por momentos el vacío autocomplaciente.
Pero, al mismo tiempo, una no puede evitar cierta fascinación por este autor que recrea con poderío ciertas obsesiones visuales. La bruma preside todo el universo de Her Private Hell, una ciudad del futuro más lograda que la del film de Francis Ford Coppola (ambos títulos comparten un cierto espíritu al mismo tiempo visionario y autoindulgente). La estética neoexpresionista consigue transmitir un estado de melancolía, sobre todo en el episodio japonés, bellísimo en su reconstrucción de la época. En el film también chocan el potencial queer (Charles Melton en modo Scorpio Rising), una misoginia difícil de justificar (un personaje habla de una de las protagonistas como de una mujer “perfecta pero infollable“) y el hecho de que la resolución del viaje heroico se lleva a cabo con una necesaria intervención femenina que no existe en el patrón clásico que la inspira. ¿Conseguirá en algún momento Nicolas Winding Refn escapar de su propio infierno cerrado?








