Àngel Quintana

La cineasta japonesa Chie Hayakawa conocida por la película Plan 75 (2022) cuenta que cuando era una niña tuvo que enfrentarse a la enfermedad y muerte de su padre a causa de un cáncer. Los recuerdos de su niñez la marcaron profundamente, sobre todo porque en aquellos años quería compartir su dolor personal, pero se encontraba con que su entorno era insensible. Renoir, el segundo largometraje de Hayakawa, intenta retomar la impotencia de esa época a partir del retrato de Fuki, una niña de once años que se siente angustiada por la enfermedad terminal de su padre, el trato brusco que recibe de su madre y la imposibilidad de encontrar algún lazo de amistad que pueda llevarla a la comprensión. La película intenta ser un retrato íntimo de la soledad de la niña, de su búsqueda de comunicación y de la frustración que siente cuando su dolor personal no puede ser transmitido a los demás. Hayakawa estructura la película como una errancia en la que Fuki busca resortes de autoayuda y puede acabar en situaciones de alto riesgo, como el momento en el que contacta con un pederasta por las redes. Hayakawa rueda la película con un ritmo lánguido, con cierta sensibilidad, pero con una clara voluntad de forzar la belleza de las imágenes. La película se titula Renoir debido a la fascinación que Fuki siente por el Retrato de Irène Cahen d’Anversque acaba colgado en la habitación. Hayakawa se siente próxima a la idea de realizar una película-retrato y el rostro de Fuki (Yui Suzuki) es la fuente de inspiración para llevar a cabo una aproximación desde el rostro hacia una interioridad compleja.


Carlos F. Heredero

Los interrogantes y dificultades de la infancia para abrirse paso entre las brumas del mundo adulto, muchas veces tan oscuros, vuelven a ser el núcleo dramático de este nuevo coming of age protagonizado por una niña de once años que se enfrenta a los desajustes familiares creados por la enfermedad terminal de su padre, la difícil relación con su madre y los fantasmas que trata de exorcizar con los ejercicios que escribe en el colegio, siempre en busca de respuestas que se le ocultan o que permanecen en la sombra. Una historia que, con otros protagonistas y en muchos otros países, ya habíamos visto antes mil veces. Por el camino, la pequeña Fuki se enfrenta a equívocas ofertas de autoayuda y al peligro de los abusos sexuales, pero la cineasta filma su aventura sin conseguir abrir con sus imágenes ninguna grieta de inseguridad, sin ofrecer ningún síntoma de búsqueda formal o narrativa que pueda hacerse cargo de las búsquedas de su protagonista. El resultado es una película convencional, sin vibración emocional y sin pliegues o matices en su puesta en escena, amén de incurrir en alguna imperdonable ingenuidad argumental (¡ese pederasta que se siente rechazado por la halitosis de su víctima…!!!!). Su incomprensible inclusión en la sección oficial del certamen demuestra un notable grado de despiste, en el mejor de los casos, o una errática línea de programación, como parece más probable.