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En Los desheredados, su primer cortometraje, Laura Ferrés se adentraba en el documental para estilizarlo, para convertirlo en la posibilidad de una ficción. Y algo de eso mismo hay en La imatge permanent, su primer largo y uno de los debuts más exigentes y rigurosos del último ‘nuevo cine español’, si es que sigue existiendo algo parecido. La primera parte se sitúa en un tiempo pretérito muchas veces abordado por la cinematografía de este país, una posguerra rural que ha sido ya objeto de incontables recreaciones ‘de época’, a menudo tozudamente académicas y casi siempre tristemente acartonadas. La segunda recoge a dos de las mujeres que aparecen en la mitad anterior y las convierte en protagonistas de una trama casi detectivesca que oscila entre la comedia y el drama, entre el género y la abstracción, entre el melodrama femenino y el experimento lingüístico. Pues La imatge permanent es también una película de fantasmas, como su título indica: la imagen de los muertos y los olvidados de la Historia que una fotografía intenta reunir al principio, de la misma manera en que la segunda parte se presenta como una sombra espectral de la primera, o viceversa, y en que esta última proviene de otras imágenes situadas en el exterior del film. Igualmente, las imágenes que vemos ocultan permanentemente otras que las ponen en duda a través del humor o la subversión, una especie de segunda versión de la película que cada espectador se ve obligado a reconstruir en su cabeza: el film de Ferrés también podría ser la historia de una amistad femenina a lo largo de los años, entretejida en el tapiz de una España inmovilizada que la ve pasar como un espectro. La imatge permanent se puede contemplar de muchas maneras, en fin, pero ninguna de ellas será capaz de resumir su inventiva sagaz, su aguerrido atrevimiento, el conmovedor desparpajo que, también a modo de sombra o fantasma, se esconde, entre otras cosas, en la voluntaria y tronchante inexpresividad de sus actrices. Carlos Losilla