Àngel Quintana

Viva, de Aïna Clotet, se aleja de cualquier convencionalismo. Aunque su punto de partida parece anunciar un melodrama centrado en la enfermedad y la amenaza de la muerte, la película pronto rompe esta perspectiva para convertirse en una obra libre, híbrida y difícil de clasificar. Aïna Clotet construye una ficción con tintes de fábula distópica donde la sequía, el cambio climático y las enfermedades mentales forman parte del paisaje emocional que atraviesa la protagonista. El relato transita constantemente entre diversos registros. Habla de cuestiones dramáticas, pero asume la comedia, incorpora elementos costumbristas y se permite incluso ciertas salidas de tono que convierten el film en un espacio de experimentación tan arriesgado como estimulante. Viva no funciona como una confesión íntima de Aïna Clotet ni como un retrato directo de su experiencia personal. La película mantiene ecos de su propia realidad –la presencia latente del universo científico ligado a la figura de su padre, el doctor Bonaventura Clotet–, pero se construye claramente desde la ficción. La actriz se expone emocionalmente sin dejar nunca de interpretar a otra persona. Ese juego entre cercanía y distancia acaba dando forma a una obra profundamente singular.

El gran reto de la película recae precisamente sobre Aïna Clotet, omnipresente desde la primera escena. La cineasta y actriz sitúa su cuerpo en el centro absoluto del relato. Su trabajo desafía numerosos tabúes relacionados con el deseo femenino, la sexualidad, la aceptación corporal y la convivencia con la ansiedad. Como debutante detrás de la cámara, Clotet avanza como una auténtica funambulista, llevando continuamente la película hacia terrenos inestables donde el equilibrio parece a punto de romperse. Esa apuesta radical provoca algunos desequilibrios de ritmo o intensidad, pero también dota al film de una honestidad visceral que termina revelando algo profundamente auténtico en su interior.

La historia gira en torno a Nora, una mujer cercana a los cuarenta años interpretada por la propia Clotet. Tras superar un cáncer de mama y pasar un año apartada del mundo, intenta reconstruir su vida mientras convive con la incertidumbre de una posible recaída. La película arranca con una visita médica donde una doctora le comunica que todavía debe someterse a nuevas pruebas para descartar otro tumor. Sin embargo, Viva no tarda en desplazar el centro dramático hacia otra cuestión centrada en cómo volver a vivir plenamente después del trauma. Para Nora, vivir implica aceptar las cicatrices de su cuerpo, reconciliarse con su identidad y dejarse atravesar nuevamente por el deseo, incluso cuando este la conduzca al caos afectivo o al ridículo. Por eso se abandona a la atracción que siente hacia un hombre más joven, alejándose de la vida contemplativa y segura que le propone su marido. El verdadero motor de Viva no es tanto la enfermedad como la voluntad de recuperar el placer, asumir las contradicciones de la vida y seguir adelante pese a la ansiedad y la incertidumbre.