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Dos niños de doce años se gustan. Juntos juegan en un parque ante la mirada de sus padres, pero entre ellos hay algo tierno. Celine Song remite a la idea del nacimiento del amor para mostrar cómo un joven Werther persigue doce años después a su Lotte de juventud por Skype, después de que la familia de la chica se fuera a vivir a Estados Unidos y esta haya iniciado su carrera como escritora. Después de un intercambio de Skype, la pareja se reencuentra al cabo de doce años cuando las circunstancias de la vida han abierto otros caminos. Celine Song rueda lo que podríamos definir como una película bonita. En su interior hay pocas cosas, incluso hay demasiados momentos de cine postal, pero Vidas pasadas se sustenta sobre todo alrededor de dos largas escenas en las que los personajes hablan y mientras lo hacen evocan las heridas del paso del tiempo, la fuerza del destino y la posibilidad de que todo amor de juventud no sea más que el reconocimiento de una vida pasada. En la primera escena, Nora le cuenta a su marido la historia de su amor de juventud y este admite con perplejidad que es una posible gran historia. En la segunda escena, los jóvenes amantes y el marido comparten unas copas en un bar. La joven pareja empieza a hablar en coreano de lo que perdieron mientras el marido taciturno asiste a una situación que no forma parte de sus vidas. Después de su paso por el Festival de Berlín, Vidas pasadas ha empezado un camino por múltiples festivales que la sitúa como la película romántica del año, como esa película que todo el mundo quiere ver para recordar los amores perdidos de la infancia. Àngel Quintana