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Matthew Rankin describe su película como la confluencia entre un determinado cine gris quebequés, una película surrealista de Winnipeg y algo del realismo poético iraní al estilo Kanoon (con El globo blanco de Panahi y Close Up y ¿Dónde está la casa de mi amigo?, de Kiarostami, como referencias esenciales). Y quizá sea la mejor manera de arrancar un texto sobre la difícilmente clasificable Une langue universelle, una película que mezcla a su vez la historia de Matthew (especie de alter ego del cineasta) que abandona Montreal para ir a visitar a su madre enferma en Winnipeg, dos niños que tratan de recuperar un billete congelado en el hielo y Massoud, que guía a los turistas a través de los lugares más desconcertantes de la ciudad.

Porque Rankin ofrece con su film también un retrato-homenaje de la ciudad en que nació que, en su particular selección de los lugares (destacando el cemento gris de los edificios brutalistas) y, sobre todo, en el modo de encuadrarlos, convierte Winnipeg en una ciudad que es Teherán y un no-lugar al mismo tiempo. Y así, frente al frío y la soledad de ese espacio entre real e imaginado que la figura genera (Rankin dice también que Canadá es el epítome de la soledad), son las relaciones entre los distintos personajes lo que dan calor a un film que, en su particular y muy sugerente manera de relacionar unos lugares con otros, pero sobre todo una cultura (un lenguaje) y otros, habla de mestizaje, comunidad y proximidad.

Jara Yáñez