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Carlos F. Heredero.

El contencioso que enfrenta a Netflix con el ágora de Cannes no es solo, aunque también, un síntoma de las dificultades que tienen las venerables instituciones que son los festivales para reacomodarse en el nuevo ecosistema del consumo cinematográfico. Hay al menos otras dos importantes cuestiones que también están en juego. Por un lado, la necesidad de proteger el consumo de cine en salas (una experiencia colectiva, social y cultural que no es prescindible). Por otro, el riesgo de que los festivales supediten su función de comisariado cultural al dictado de los grandes intereses industriales.

Las fuerzas en presencia no ocultan sus armas. Un artículo de Variety (plataforma mediática por excelencia de la gran industria norteamericana) firmado por Owen Gleiberman, jefe de la sección de crítica (“Does Cannes Have a Future? Yes, But the Festival Needs to Change”), publicado solo dos días después de que terminara el festival, le reprocha al certamen francés la falta de “acontecimientos que resonaran realmente como tales”, sugiere abiertamente que una película como la nueva A Star is Born
(protagonizada por Lady Gaga y Bradley Cooper, que también la dirige) –un film que la Warner no ha querido llevar este año a Cannes– proporcionaría “el tipo de titulares que puede definir a un festival“, y le recomienda que “corteje a los grandes estudios como si su existencia dependiera de ello”. Para decirlo en román paladino: menos Godard y más alfombra roja, menos cine asiático y más cine norteamericano, menos cine europeo y más cine de las majors.

La cantinela es vieja: hubo un tiempo en que el presidente de la MPAA (un entonces todopoderoso Jack Valenti) vino a España para recomendarnos –sin disimulo alguno– que dejáramos las salas de nuestro país para el cine norteamericano y que mandáramos el español al gueto de la pequeña pantalla. Pero lo que está en juego, de nuevo, no es solo eso, pues lo más peligroso, en realidad, se esconde bajo la premisa de que “el mundo de las películas se ha polarizado entre los blockbusters y los indies, entre el espectáculo comercial que todavía salimos a ver y el refinado cine artístico que cada vez vemos menos”. Y este es el razonamiento de fondo que se hace necesario combatir.

Es mentira, para empezar, que “el mundo de las películas” se divida en dos bandos. El universo del cine actual es infinitamente más amplio y plural, y lo es en términos esté-
ticos, geográficos, sociales, políticos y culturales. Entre un blockbuster formateado de fábrica y el humilde, creativo cine digital que muchos cineastas de todos los países realizan con gran autoexigencia y compromiso en su mirada, hay cientos de opciones diversas que corren el riesgo de ser laminadas, invisibilizadas y condenadas al ostracismo si consigue imponerse un razonamiento tan maniqueo y tan interesado.

Y es mentira también que los festivales deban cortejar a las majors y perseguir titulares a costa de la alfombra roja. Cannes necesita que en sus pantallas estén Han Solo, Cate Blanchett y Lady Gaga tanto como dar una Palma de Oro a Godard, programar una película de ocho horas dirigida por Wang Bing o estrenar The Other Side of the
Wind
(Orson Welles), una oportunidad que este año ha dejado pasar por su enfrentamiento con Netflix. Pero sobre todo debe tratar de preservar la pluralidad intermedia,
de apostar por los grandes desafíos estéticos con mayor valentía (no será llenando el festival de mediocridades francesas y miserabilismo de escaparate como conseguirá hacer frente a esta poderosa ofensiva), debe abrirse a las nuevas realidades sin someterse a las viejas legislaciones si no quiere anquilosarse en paradigmas del pasado y debe hacer valer su función de comisariado cultural sin complejos y sin concesiones innecesarias. Esa es la compleja y difícil batalla que realmente es necesario dar. Nadie dice que sea fácil, pero sí que merece la pena.