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“La historia empieza cuando llega Kutta”, explica la voz en off del personaje de Françoise Brown con la que se inicia Un prince. Pero el relato, que tiene forma coral, nace en realidad con la llegada de Pierre-Joseph a la escuela de jardinería que dirige Françoise, y se irá construyendo, capa a capa, a partir, precisamente, de la ausencia de Kutta, que no aparece hasta el último tercio del film… Pero este no es más que el inicio del apasionante dispositivo formal y narrativo que pone en marcha Un prince. La película de Creton parte, entre otros asuntos, de la relación entre el estudio de la botánica (como espacio de conexión profunda entre el hombre y la naturaleza) y la investigación en torno al deseo homosexual masculino. Y para ello, despliega su argumento a través del empleo exclusivo del monólogo en off de los distintos personajes para ir alternando, chocando y haciendo resonar las distintas voces como diferentes puntos de vista de la historia. Pero en Un prince la palabra, como mecanismo esencial, ofrece un juego estilístico más al ser interpretada por actores distintos a los que ponen rostro a los personajes (con las voces, entre otros, de Mathieu Amalric o Françoise Lebrun) para otorgar así otro giro más a la idea de la construcción y deconstrucción del relato (diferenciando la ‘voz literaria’ de la que no lo es). Y mientras, la imagen, por su parte, que se relaciona de manera apasionante con el ejercicio pictórico (Creton proviene del mundo de las artes plásticas) ofrece una sucesión de tableaux vivant en los que es precisamente la palabra la que saca a la luz la fuerza erótica (y poética), mientras permite ‘leer’ lo que se esconde en el interior de los personajes.

Pero hay otro asunto más, el que contrapone la tradición de la caza con la erudición botánica, que se representa simbólicamente a través de la destrucción de una vieja cabaña familiar de madera y la construcción colectiva de una nueva, a la que ponen el nombre de ‘The Black María’ en homenaje al primer estudio cinematográfico de EE UU creado por Edison en 1893. Y ese espacio no solo permite que el cine traspase lo real y genere la magia, sino que es allí donde se reunirán todos los personajes, al final del film, para hacer completa, a través de la metamorfosis, esa fusión del hombre con la naturaleza. Y es precisamente esto, que tiene que ver con la reivindicación de la naturaleza animal del ser humano, pero también con el reflejo de la inquietud medioambiental actual (como una de las consecuencias asociadas a la postpandemia COVID-19), lo que, junto a la propuesta de Lisandro Alonso en Eureka (Cannes Première) y la de Thomas Cailley en Le Régne animal (Un Certain Regard), va perfilando ya uno de los posibles temas recurrentes de esta edición 2023 del Festival de Cannes. Jara Yáñez