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No hay película de François Ozon que no pretenda ‘abordar un tema importante’, sea con registros más estilizados o sea con otros más realistas y contenidos. El suyo no es un cine de tesis, pero sí de ‘temas’, y esta vez le ha tocado el turno a la eutanasia o, mejor dicho,al suicidio asistido, cuando el enfermo toma –de manera libre, expresa, decidida y plenamente consciente— la decisión de acabar con su vida. El diapasón elegido aquí pertenece a la segunda de las opciones; es decir, a un registro dramático realista suavemente tamizado por algunas pinceladas de humor tierno que hacen más digerible el drama vivido, en primer término, por una de las hijas (magnífica y llena de matices Sophie Marceu, cuya espléndida madurez como actriz le permite conferir una intensa y callada verdad al torbellino emocional que arrastra a su personaje). Hay, sin duda, una mirada de amplitud y de tolerancia, de respeto y de solidaridad con la decisión del protagonista (un André Dussollier soberbio en su composición de un enfermo casi terminal, aunque todavía lúcido), pero uno no puedo por menos que preguntarse qué es lo que hace una película como esta en la sección oficial de Cannes. Su discreción formal casi académica, lo explícito de su apuesta discursiva desde casi el comienzo (sin apenas matices que pudieran generar ambigüedades o matices) y la modestia de su planteamiento la hacen tan simpática y asimilable como intrascendente, tan correcta como impersonal. Y lo cierto es que tampoco pretende ir mucho más allá, lo que por otro lado también es de agradecer, por mucho que su programación se desvele claramente como una explícita concesión, algo chauvinista, para quienes gustan del cine de ‘temas importantes’.

Carlos F. Heredero

El año pasado François Ozon rodó Verano 85, una historia de amor que comenzaba con el salvamento de un naufragio y acababa con el duelo y aceptación de la muerte. La película tenía un tono iconoclasta, más rupturista, que acercaba Ozon a su vertiente más loca y, a veces, más interesante de su cinematografía. Junto a estas películas, Ozon suele realizar otro tipo de cintas en las que busca afianzar su prestigio como una suerte de cineasta más clásico con un punto de academicismo. Este es el caso de Tout s’est bien pasé, adaptación de una novela de Emmanuèle Bernheim, donde cuenta el proceso que se llevó a cabo para acabar ayudando a morir a su padre, víctima de un ictus que lo ha paralizado después de un ataque al corazón. Ozon desarrolla este relato apoyado por dos grandes actores: una excelente Sophie Marceu y un sorprendente André Dussolier. Marceau es la hija que se preocupa para ayudar a su padre enfermo,  y Dussolier asume el papel de ese padre que intenta sobrevivir despidiéndose del resto de su familia. Ozon rueda una historia amable, cuyo trasfondo no es tanto una reivindicación de la eutanasia -prohibida en Francia y materializada en la película en Suiza- sino la posibilidad de establecer un discurso sobre cómo vencer el miedo a la muerte y asumir una despedida digna, a partir de un tono que decide obviar el registro melodramático y adquiriendo un cierto tono de comedia. La película funciona gracias a sus actores, a pesar de que hay un exceso en la construcción de la historia, con muchas repeticiones y sin saber como resumir los principales lazos afectivos de la historia. El resultado acaba siendo un poco cansino, funcionando en determinados momentos pero que no logra transmitir el mensaje vitalista que esconde tras la ficción.

Àngel Quintana