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Los problemas con la identidad israelí no son nuevos en el cine de Nadav Lapid. Baste recordar Sonónimos para hacerse una idea. Ahora el tema se aborda ya de manera frontal y se sitúa en el centro neurálgico de una representación voluntariamente situada en las antípodas de cualquier realismo naturalista y en la frontera con lo simbolista, protagonizada –para mayor evidencia—por un cineasta que pretende hacer una película sobre una mujer palestina a la que un soldado israelí le destrozó la rodilla de un disparo y acaba por viajar al desierto para asistir a una proyección de La profesora de parvulario, dirigida en realidad por el propio Nadav Lapid en 2014. El transfer se hace así tan evidente como explícito, lo que convierte al protagonista en un confeso alter ego del cineasta, empeñado en ‘gritar’ (literalmente) su denuncia de Israel como un estado racista y genocida. El problema es que Le Genou d’Ahed es una película, no una manifiesto político y, como tal, lo que dice en realidad no son los palabras que pronuncia su protagonista, sino lo que transmiten las formas de su puesta en escena. Y esta es hiperbólica, subrayada y enfática hasta la náusea. Nadav pertenece a la estirpe de los cineastas ‘gritones’, de los que creen que por elevar la voz son más radicales o más artistas. Su caso vendría a ser como una versión intelectual y pedante de Paolo Sorrentino, con lejanos ecos pasolinianos mal asimilados. Quizás por eso todos los movimientos de cámara son exhibicionistas, todo se representa de forma histérica, todo quiere hacerse notar, todo señala con el dedo, todo se filma en registro exacerbado, con la misma sutileza que la pisada de un elefante. La película quiere estar ‘arriba’ desde el minuto uno (hablo de sus formas, de su estilo, no de los temas que pomposamente enuncian sus diálogos), y ese esfuerzo resulta tan evidente que acaba por desvelar su propia oquedad. Claro que hay otra opción: aceptar esas formas como rasgo de estilo y entrar a comentar la furiosa denuncia ideológica, cultural y política del cineasta. Pero para eso es preciso rendirse de antemano a su propuesta y dejarse adoctrinar a voces, mejor dicho, a gritos.

Carlos F. Heredero

La película arranca con el rugido urgente e intenso de una motocicleta que anuncia, no solo su poderosa cualidad física y sensorial, sino también toda su fuerza expresiva. Porque Le Genou d’Ahed es un grito a los cuatro vientos; un grito desgarrado y profundo de dolor y denuncia. El film parte de un hecho real: cuando Nadav Lapid fue invitado para proyectar su película La profesora de parvulario (2014) en una pequeña aldea perdida del desierto israelí, una funcionaria del Ministerio de Cultura le pidió que firmase un formulario donde se detallaban los temas que se abordarían en el coloquio posterior a la proyección. Un intento de censura velado pero igualmente grave, que Lapid relaciona en el film con otro acontecimiento reciente de su vida: la pérdida de su madre, quien fuera además guionista de sus filmes anteriores.

Construida bajo la estructura de un viaje que encuentra en la sequedad del paisaje desértico al mejor aliado estético, la película recorre el duelo por la pérdida, pasa por la secuencia catártica que concentra el desgarro del grito, encuentra consuelo en el llanto y se cierra por fin con una despedida tranquila y sosegada. Pero quizá lo más poderoso de la propuesta sea que tanto en el duelo, como en el desgarro, en el llanto y en la despedida, se funde lo personal con lo político para recuperar, esta vez casi a modo de manifiesto, la necesidad de Lapid de gritar a los cuatro vientos no solo su negación de la identidad israelí (eje esencial de su anterior película, Sinónimos, de 2019) sino su rechazo más profundo (esta vez salido de las entrañas) a todas las expresiones tanto políticas como ideológicas y culturales de su país. Y aunque es cierto que a la película le cuesta tomar cuerpo y su primera parte puede resultar en exceso formalista (‘fijaros en el estilo’, dice el alter ego del cineasta en la propia película) el hecho de que encuentre como subtrama, precisamente, el proceso de realización de un film, sirve a Lapid para reivindicar también la necesidad de un arte libre, rico y valiente que no se someta ni la mentira, al engaño o a la vulgaridad.

Jara Yáñez

Nadav Lapid no cesa de preguntarse de qué forma es posible hacer arte en un país en el que su Ministerio de cultura detesta el arte. Para responder a esta pregunta, recrea la figura de un posible alter ego, un cineasta que va a presentar una película que tuvo éxito en el festival de Berlín y que transcurre en el desierto israelí. La organizadora de la proyección es Yahalom, una bibliotecaria que trabaja para el Ministerio de Cultura y que como funcionaria debe asumir sus preceptos. El cineasta está preparando una película sobre una chica que perdió la rodilla cuando la dispararon y en la que pretende denunciar las atrocidades de un Estado genocida y dictatorial que prohíbe las libertades, sometiendo a sus ciudadanos a la política del odio frente al otro. La obra no cesa de establecer un debate sobre los problemas de la creación, sobre la necesidad de expresar la rabia y poder llevar a cabo un discurso contundente contra todo aquello que niega la libertad y la defensa de todo hipotético humanismo. Lapid construye todas sus imágenes desde la tensión política como si su película fuera un grito desesperado ante la impotencia de vivir en un país que cada vez tiene una deriva política más peligrosa. Un debate que se entrecruza con los recuerdos del sadismo que vivió el cineasta durante el servicio militar en la frontera Libia durante la guerra del Líbano y el recuerdo de la figura de la madre. La radicalidad de la propuesta de Lapid reside en sus apuestas estilísticas, filmando la tensión desde la proximidad y desde lo físico. La película está repleta de imágenes magníficas, con un arranque absolutamente apabullante, con una tensión constante entre una cámara que vampiriza los cuerpos y el uso de la música, comenzando con una versión increíble del Welcome to the jungle de Gun’s and Roses. Lapid no cesa de preocuparse en como poder dar forma a la impotencia personal y a las contradicciones de una identidad que rechaza, hasta el punto de rebelarse contra ella y sus efectos.

Àngel Quintana