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Tout s’est bien passé (Francois Ozon). CANNES 2021 – Sección Oficial (A concurso)

No hay película de François Ozon que no pretenda ‘abordar un tema importante’, sea con registros más estilizados o sea con otros más realistas y contenidos. El suyo no es un cine de tesis, pero sí de ‘temas’, y esta vez le ha tocado el turno a la eutanasia o, mejor dicho,al suicidio asistido, cuando el enfermo toma –de manera libre, expresa, decidida y plenamente consciente— la decisión de acabar con su vida. El diapasón elegido aquí pertenece a la segunda de las opciones; es decir, a un registro dramático realista suavemente tamizado por algunas pinceladas de humor tierno que hacen más digerible el drama vivido, en primer término, por una de las hijas (magnífica y llena de matices Sophie Marceu, cuya espléndida madurez como actriz le permite conferir una intensa y callada verdad al torbellino emocional que arrastra a su personaje). Hay, sin duda, una mirada de amplitud y de tolerancia, de respeto y de solidaridad con la decisión del protagonista (un André Dussollier soberbio en su composición de un enfermo casi terminal, aunque todavía lúcido), pero uno no puedo por menos que preguntarse qué es lo que hace una película como esta en la sección oficial de Cannes. Su discreción formal casi académica, lo explícito de su apuesta discursiva desde casi el comienzo (sin apenas matices que pudieran generar ambigüedades o matices) y la modestia de su planteamiento la hacen tan simpática y asimilable como intrascendente, tan correcta como impersonal. Y lo cierto es que tampoco pretende ir mucho más allá, lo que por otro lado también es de agradecer, por mucho que su programación se desvele claramente como una explícita concesión, algo chauvinista, para quienes gustan del cine de ‘temas importantes’.

Carlos F. Heredero

El año pasado François Ozon rodó Verano 85, una historia de amor que comenzaba con el salvamento de un naufragio y acababa con el duelo y aceptación de la muerte. La película tenía un tono iconoclasta, más rupturista, que acercaba Ozon a su vertiente más loca y, a veces, más interesante de su cinematografía. Junto a estas películas, Ozon suele realizar otro tipo de cintas en las que busca afianzar su prestigio como una suerte de cineasta más clásico con un punto de academicismo. Este es el caso de Tout s’est bien pasé, adaptación de una novela de Emmanuèle Bernheim, donde cuenta el proceso que se llevó a cabo para acabar ayudando a morir a su padre, víctima de un ictus que lo ha paralizado después de un ataque al corazón. Ozon desarrolla este relato apoyado por dos grandes actores: una excelente Sophie Marceu y un sorprendente André Dussolier. Marceau es la hija que se preocupa para ayudar a su padre enfermo,  y Dussolier asume el papel de ese padre que intenta sobrevivir despidiéndose del resto de su familia. Ozon rueda una historia amable, cuyo trasfondo no es tanto una reivindicación de la eutanasia -prohibida en Francia y materializada en la película en Suiza- sino la posibilidad de establecer un discurso sobre cómo vencer el miedo a la muerte y asumir una despedida digna, a partir de un tono que decide obviar el registro melodramático y adquiriendo un cierto tono de comedia. La película funciona gracias a sus actores, a pesar de que hay un exceso en la construcción de la historia, con muchas repeticiones y sin saber como resumir los principales lazos afectivos de la historia. El resultado acaba siendo un poco cansino, funcionando en determinados momentos pero que no logra transmitir el mensaje vitalista que esconde tras la ficción.

Àngel Quintana

Verano del 85 (François Ozon). San Sebastián 2020 – Sección Oficial

Las películas de François Ozon siempre aparecen insertas en una especie de marco, a modo de metarrelato, que las lleva mucho más allá de lo que podría parecer. Ese era el secreto del éxito de En la casa, cuyo tema más explícito resultaba ser precisamente ese. Y esa estrategia reaparece en su último trabajo, Verano del 85, en apariencia una historia de amor homosexual entre dos adolescentes atrapados en la provincia francesa, en realidad una reflexión acerca del poder opresor de los cuentos que nos contamos a nosotros mismos para sobrevivir, de las ficciones en que se van convirtiendo nuestras vidas desde muy pronto. En este sentido, puede que el film de Ozon resulte en ocasiones narrativamente deslavazado y argumentalmente estrafalario, pero este crítico no puede dejar de experimentar por él una fuerte atracción, sin duda a causa de los riesgos que se atreve a correr.

Por un lado, la historia se desencadena, a modo de flashback, desde un presente que muestra al héroe a punto de ser juzgado por un motivo que no acaba de quedar claro, vinculado al terrible desenlace de su historia amorosa. Por otro, las imágenes proceden (¿proceden?) del texto que escribe el protagonista, a instancias de su profesor de literatura, y que cuenta la historia de todo aquello que lo ha conducido a su situación actual. De hecho, no sabemos muy bien qué es verdad y qué es mentira, ni si lo que vemos sucedió de la manera en que lo vemos o es una idealización del improvisado narrador. ¿Una historia veraniega de atracción fatal al estilo de A pleno sol o El talento de Mr. Ripley, ilustrada con los mismos colores vivos y la misma querencia por el azul del mar y la juventud de los cuerpos? ¿Una recreación literaria construida en abyme, cuyo verdadero trasfondo quizá nunca conozcamos? ¿Una broma pesada de monsieur Ozon, que seguramente se divertiría mucho con todas estas disquisiciones? Puede que nunca lo sepamos, pero ello no obsta para que estemos ante una película sugerente y atrevida.

 

François Ozon

(versión ampliada de Caimán CdC nº 56)

José Enrique Monterde

¿De dónde procede la idea del film, sobre todo en relación al antecedente de Broken Lullaby?
De la pieza teatral de Maurice Rostand, que desconocía. Me gustó esa idea del soldado francés que va a poner flores sobre la tumba de un soldado alemán. Así que comencé a trabajar cuando aún no conocía el film de Lubitsch; al saber de éste me sentí algo descorazonado, pero de inmediato pensé en hacer algo diferente, desde la perspectiva de esos alemanes que habían perdido la guerra, sobre todo en la joven alemana. Lubitsch había hecho su film en los años treinta, antes de la Segunda Guerra Mundial, lo cual otorga una mirada diferente a la historia. Él –que era alemán- hizo un film sobre un joven francés y yo que soy francés he hecho un film sobre una alemana.

Lubitsch fue fiel a la obra de Rostand, como yo, aunque yo descubrí que era homosexual, lo cual aún le da otra dimensión a la historia. He querido plantear el film como un espejo que se interpone entre dos países, entre dos lenguas, mientras que en Lubitsch todo transcurre en inglés, dada la tradicional convención hollywoodiense.
 
La mezcla de intérpretes franceses y alemanes, ¿era un presupuesto para el film?
Sí, el público actual no acepta la convención de un actor hablando en inglés con acento polaco o español; en España sé que se doblan las películas, mientras que en Francia la gente prefiere oír la voz de los actores, lo cual obliga a que en ese sentido el film también sea realista, en su reconstrucción histórica; además, en este caso la lengua es también el tema del film. El hecho de que Adrien, que es francés, hable alemán y que Anna haga lo recíproco es algo importante.
 
¿Cuál era su intención al abordar un film de tipo histórico como éste?
Quería poner un espejo donde se reflejase lo que había pasado en Alemania y en Francia: así la escena de exaltación nacionalista en Alemania, pero también La Marsellesa en Francia; o el paseo entre la naturaleza en Alemania y en Francia, lo cual no es una construcción dual casual. Me interesaba mostrar el viaje: primero Adrien viaja de Francia a Alemania, luego es Anna quien va a Francia y descubre la familia de Adrien, por lo que entiende muchas cosas…
 
Creo que este es su primer film histórico…
En efecto, es mi primera incursión en el pasado histórico. Eso era algo nuevo para mí, algo excitante, pues sobre esa época hay muchos documentos, mucho material de archivo, de forma que en Francia los historiadores han podido trabajar sobre el período 1914-18; en cambio resulta sorprendente que buscando cosas semejantes en Alemania he comprobado que los historiadores alemanes apenas han trabajado sobre ese período pues han estado muy concentrados en la Segunda Guerra Mundial. Tal vez sea porque en realidad la Gran Guerra tuvo lugar sobre todo en territorio francés y apenas en el alemán, por lo que ahí no hay muchas trazas de la guerra, a diferencia de lo que ocurre en el Norte y Este de Francia.
 
Y el uso del blanco y negro de la fotografía…
Es por el realismo, además de que para mí significaba una prueba y una manera de entrar mejor en esa historia; paradójicamente la renuncia al color resulta más realista, pues el imaginario de esa época es en blanco y negro. Para mí el b/n se identifica con lo real, mientras que el color se asociaría más con la ficción, con los momentos de vida, de felicidad…Eso explica los momentos de color en el film.
 
La elección como protagonista de Paula Beer, que creo está espléndida…
Consideré a varias actrices alemanas, haciendo ensayos con ellas, con la condición de que hablasen francés. Comprobé que Paula tenía una gran madurez –a pesar de sus solo 20 años- y algo de melancolía en su mirada que me impresionó; trabajamos juntos y eso funcionó, la química resultó y de ahí mi decisión, revalidada luego por el premio a la mejor actriz en la Mostra de Venecia.
 
El personaje de Adrien resulta tal vez ambiguo, no sabemos que quiere o que le interesa…
Realmente es un personaje muy complejo; por eso escogí a Pierre Niney, que ha hecho mucho teatro y que es capaz de otorgar esa ambigüedad al personaje, haciéndolo algo misterioso, como quien posee un secreto. Además, se trata de un personaje que al final provoca una decepción amorosa, una desilusión que también alcanza al espectador, cuando se descubre cuan frágil y prisionero de su familia y de su historia es…y es entonces cuando el personaje de Anna engrandece, mientras que él queda verdaderamente encerrado en su historia.

Joven y bonita (François Ozon)

Carlos Losilla.

No fue casualidad la aparición de una película como En la casa (2012). Allí se celebró un tanto alegremente a un cineasta preocupado por el oficio de contar historias, como si nunca lo hubiera hecho antes. Eso significaba olvidar Gotas de agua sobre piedras calientes (2000), donde se partía del cine de Fassbinder para reelaborar su legado, o Bajo la arena (2000), donde el modelo era la poética de Antonioni, u Ocho mujeres (2002), donde la mirada se dirigía hacia Jacques Demy. En fin, Ozon es alguien que procede de la herencia de la modernidad y está convencido de que aquel lenguaje tiene mucho que decir aún, solo que habilitado para la ocasión. En este sentido, Joven y bonita parte del mito de la figura femenina y su ambigüedad, del misterio que supone, para jugar con el significado que puede adquirir en el contexto narrativo actual. Como en Vivir su vida (Godard, 1962), como en Jules y Jim (Truffaut, 1963), como en La mujer infiel (Chabrol, 1969), la mujer es aquí un elemento perturbador que pone en duda el orden de la representación social.

Isabelle (Marine Vacth, bella esfinge impenetrable) es una adolescente que experimenta con el despertar del sexo. Durante las vacaciones de verano, pierde la virginidad con un amigo alemán y, sin solución de continuidad, en el otoño de un París impersonal, empieza a dedicarse a la prostitución de lujo. ¿Por qué lo hace? ¿Qué la mueve a ello? Tiene familia, no sufre carencias económicas, es joven y bonita. Las personas que la rodean no ejercen ninguna presión sobre ella, por mucho que su padre no comparta su cotidianidad y su madre se haya vuelto a emparejar. Solo su hermano pequeño resulta una presencia inquietante, que la espía y la observa sin descanso, como si a la vez quisiera heredar su capacidad para el engaño y servir de ojo vigilante para la continuidad de la moral burguesa. Esta acción se desarrolla en una ciudad anónima, hecha de hoteles asépticos y relaciones banales, donde el sexo podría ser tanto vía de escape como sublimación del placer por el placer.

¿Una paráfrasis de Belle de jour en versión púber o un cuento de aprendizaje perversamente invertido? Ozon parece jugar a eso y a mucho más. Las elipsis se suceden abruptamente, incluyendo canciones a modo de signos de puntuación brechtianos, y dejando en suspenso cualquier tipo de explicación racional, como parece certificar la presencia de un psicólogo especialmente inepto. El cuerpo/máscara de Isabelle actúa como espejo de relaciones siempre superficiales e hipócritas, trátese del ámbito familiar o de las transacciones puramente carnales. Y queda el intercambio económico, esa insistencia en el dinero, que parece no importar pero que unos y otros observan con aparente desinterés no exento de codicia, como el fantasma de una experiencia que también permanecerá en el misterio. Como si el cine de Bresson adquiriera tintes de Pialat para exponer un cuento rohmeriano ahora sin moral. De hecho, Joven y bonita podría ser un mordaz remake de Mouchette para las nuevas generaciones, una historia sacrificial donde la pérdida de la inocencia no significa nada.