Print Friendly, PDF & Email

Hay pocas cosas que me molesten más en el cine que la tendencia a la exageración (véase La cocina, de Alonso Ruizpalacios) o a lo grotesco, caso de A Different Man, de Aaron Schimberg, que ahora nos ocupa. En el fondo son dos formas hiperbólicas que dejan muy poco espacio al espectador, dos formas apabullantes que imponen su discurso. El de la película de Schimberg no es otro que el de la identidad a partir de la idea del doble y la máscara. Tenemos a Edward (Sebastian Stan, con un aparatoso maquillaje), que padece neurofibromatosis y que se somete a un innovador experimento que habrá de erradicar la enfermedad. Tenemos a Ingrid (Renate Reinsve), joven autora teatral y vecina suya, que quiere inspirarse en su caso para una obra del Off Broadway. Pero el experimento triunfa antes de que pueda estrenarse la obra y de que Edward se transforme en Guy (Sebastian Stan, ahora sin maquillaje), quien, pese a su éxito como agente inmobiliario, desea obtener el papel de Edward en la obra de Ingrid, su papel, aunque aparentemente Edward haya muerto. Paradojas de la vida, el papel acabará llevándoselo Oswald (Adam Pearson, actor que no necesita maquillaje pues padece neurofibromatosis). Guy es la nueva identidad de Edward, pero quien mejor representa su rostro es Oswald, por otro lado un actor consumado, nueva estrella del Off Broadway que conquista a la crítica y a Ingrid… Hay un problema con este tipo de películas, esa tendencia al subrayado que hace que se acumulen capas metafóricas sobre la identidad: ¿quién puede interpretar mejor un papel, el personaje real o aquel que más se le parece? La película de Schimberg se pone del lado de este último, como si fuese inconsciente de la contradicción que lleva aparejada: A Different Man solo se justificaría con Pearson en el papel de Edward y Stan en el de Guy. Pero no, esta es una película que reivindica el rostro de Pearson al tiempo que le impone una máscara a Stan y lleva su historia a una serie de vueltas de tuerca cada cual más innecesaria, cada cual más redundante.

Jaime Pena