Àngel Quintana
A principios del siglo XX, muchos afroamericanos del sur de Estados Unidos, descendientes de personas esclavizadas, decidieron emigrar hacia el norte en busca de nuevas oportunidades y encontraron en Nueva York un refugio y una auténtica meca cultural. El barrio de Harlem se convirtió en un espacio de extraordinaria efervescencia artística, primero alrededor de la biblioteca pública y posteriormente a través de sus teatros, clubes y salas de música. Nombres como Louis Armstrong o Duke Ellington representan la cara más popular de la llamada Harlem Renaissance, un movimiento cultural en el que, además de músicos, surgieron escritores como Langston Hughes y Zora Neale Hurston, pensadores como Alain Locke, así como pintores, escultores, fotógrafos y actores de teatro que reivindicaron una nueva identidad afroamericana. La Harlem Renaissance, que perdió fuerza con la llegada de la Gran Depresión de 1929, fue una respuesta directa al racismo imperante en la época. También supuso un cambio de paradigma que transformó profundamente la cultura afroamericana y sentó las bases de los movimientos políticos y culturales posteriores, desde la lucha por los derechos civiles hasta el Black Arts Movement.
En 1972, el cineasta William Graves decidió documentar qué había sido de aquel movimiento surgido en los años veinte y reunió en la mansión de Duke Ellington a algunos de sus protagonistas para reflexionar sobre la importancia histórica e intelectual de aquella experiencia cultural. En el encuentro participaron figuras que habían vivido en primera persona el esplendor de Harlem, muchos de ellos hijos de antiguos esclavos que encontraron en el barrio un refugio frente al racismo y que, gracias al apoyo de la prensa afroamericana y de instituciones culturales negras, pudieron desarrollar una clara política de reivindicación de sus raíces. El material filmado nunca llegó a montarse en aquel momento. Décadas después, David Graves, hijo del cineasta y operador de cámara durante el rodaje de 1972, recuperó los archivos originales y consiguió financiación para completar el montaje de aquellas imágenes inéditas. El resultado es un documento excepcional para comprender la cultura negra en Estados Unidos.
Desde el presente, la película nos traslada a una serie de conversaciones filmadas en 1972 que remiten constantemente a lo sucedido cincuenta años antes, estableciendo un singular puente entre distintas generaciones de la memoria colectiva afroamericana. Once Upon a Time in Harlem funciona así como la reivindicación de una edad de oro evaporada por el tiempo, cuyos protagonistas –convertidos casi en fantasmas del pasado– resurgen ante la cámara para hablarnos de un momento en que Harlem fue, simultáneamente, refugio político, laboratorio intelectual y epicentro de la creatividad negra en Estados Unidos.








