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Resiste y existe es el título de uno de los libros que reposan en la estantería de una de las viviendas rodantes habitadas por los Mollies, un colectivo berlinés queer asentado en los jardines que brotan de los restos de un complejo industrial abandonado. El cineasta, en una suerte de cámara oculta, se acerca a la comunidad en momentos rutinarios y domésticos para, a través del montaje, establecer una relación con el ecosistema que plantea una simbiosis entre el estilo de vida de los individuos y el curso de la naturaleza que los acoge. El suave mecer de las hojas, que escuchamos al rozarse entre sí, y las caricias en la espalda que un sujeto (con la palabra libertad tatuada en el brazo) le regala a su pareja tras haber terminado de comer un plato de patatas asadas evocan una sensorialidad inmersiva que plasma la intimidad más vulnerable de este colectivo.

Los sujetos registrados por el ojo de Komljen, aunque carecen de nombre, son cuerpos con lo político tatuado en los brazos, que duermen junto a cuerdas, arneses de cuero y cadenas, decoran paredes ocres con un bate que luce la bandera trans o muestran, con orgullo, las cicatrices fruto de una mastectomía. La existencia revolucionaria de la comunidad florece junto a una vegetación protectora de babosas que avanzan resilientes hacia su destino o abejas que polinizan las flores que brotan del suelo. Una secuencia experimental de casi seis minutos a cámara en mano rompe el estatismo del film para introducirnos, hasta desenfocar por completo la imagen, en una flor fucsia mientras sonidos metálicos, de obras a la lejanía, se apoderan de la escena. La mirada de la cámara, en un constante proceso de identificación con el sujeto amenazado, se transforma en la visión de los insectos que encuentran refugio entre los delicados pétalos.

The Garden Cadences es un archivo del espacio habitado por seres humanos que decoran su piel y sus paredes con motivos florales, altares a una tierra intrínsecamente entrelazada con su supervivencia y cuyo fin está sentenciado por destructores deseos capitalistas. “Eso es la muerte de una experiencia y de las circunstancias, a partir de ahora va a ser diferente. Un cierre” dice una de ellas tras intentar discernir su futuro a través del tarot. Una grúa en un paisaje gris de árboles secos choca con una voz en off que rememora la necesidad de un final para la búsqueda de un nuevo comienzo, la pérdida de un vestido veraniego con el que, en la infancia, inició el camino para encontrarse. Elena del Olmo

 

La paz está donde cada uno la encuentra. Hay tantas formas como personas en este mundo y Dane Komljen retrata y observa un pedacito de ella en The Garden Cadences. El director de adentra en varios ‘jardines’ y sus propietarios para filmar la tranquilidad y la armonía. En el tarot sale la carta del Fool (el tonto en inglés), pero, ¿a quién se le llama estúpido en la película? Ese espacio residual resulta un lar que se han construido los hogareños para ser ellos mismos y vivir de la forma que les complazca con quien les hace felices, fuera de cualquier tipo de heteronormatividad.

El film toma un discurso observacional, como si el espectador fuera el visitante de este jardín para que él mismo sea partícipe de la experiencia. Se adentra en las casetas, en las rutinas –como ducharse– e incluso en las flores que construyen el espacio mismo –la cámara penetra en ellas inundando la pantalla de colores–. Los personajes se representan a ellos mismos, por lo que no existe barrera entre ficción y realidad, la representación es pura. La cámara se convierte en la mezcla de ser un mero objeto cautivador de la realidad, o partícipe de la experiencia casi onírica para llevar al espectador por los laberintos sensitivos al que transporta el film en su totalidad. Durante el visionado el público escapa de la realidad funcional en su máxima expresión. ¿Cómo nos gustaría que fuera nuestro propio jardín?

El sonido juega un papel crucial, pues la calma se construye por ser este casi residual. El plano sonoro juega con aquello que se escucha dentro del jardín –sonido ambiente o conversaciones–, lo que se escucha fuera –el ruido de ambulancias y de la ciudad– y una voz interior que toma forma en off para desembocar emociones y sentimientos. El silencio o la no intervención toman protagonismo para que sea el espectador el que se adentre en la película y se plantee preguntas que el film no va a responder, sino que tiene que ser él mismo quien lo haga. De esta forma, la película se convierte en una especie de reflexión sobre varios aspectos de la vida. La corta duración, poco más de 60 minutos, está repleta de estas meditaciones que lanzan al púbico a pensar junto con la imagen y el sonido. Las relaciones forman así un núcleo importante, pues al final el mundo de cada uno se crea a partir de los distintos vínculos que se forman con el entorno y las personas. Judith Mata Ferrer