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No sería capaz de ser festivo en un festival donde hay tanta policía pública y privada buscando a un terrorista. Yo soy el terrorista, y os digo, parafraseando a Franco Fortini: mientras haya un capitalismo imperialista americano, nunca habrá suficientes terroristas en el mundo.

Mensaje enviado por Straub y Huillet al recibir el León Especial en la 63ª edición del Festival de Venecia.

En el breve prólogo que presenta Revolution+1, Masao Adachi opera un mecanismo formal que, aunque simple, revela en un corte la esencia del relato que introduce. Una voz en off afirma: “maté a este hombre, era lo contrario a mí”. Dos imágenes radicalmente distintas enfrentan pues a los dos implicados. Shinzō Abe, exPrimer Ministro japonés es mostrado en plano general a través de imágenes de archivo de vídeo digital. Una humareda proveniente del fuera de campo cose el siguiente plano, del cual emerge Tetsuya Yamagami, su verdugo. La nube que le envuelve y la composición cerrada niegan todo contexto, haciendo visible únicamente su mirada tras efectuar el disparo. Unos segundos más tarde, el propio asesino recluido en una composición que vuelve a reafirmar su aislamiento, que será recurrente a lo largo de toda la cinta, repite que “tenía motivos de sobra para asesinar a ese hombre”.

El resto de la película girará en torno a la justificación de este asesinato. La tesis que plantea Adachi es que el móvil para el magnicidio dista del terrorismo presentado por el relato oficial, sino que tiene que ver con las implicaciones que la Iglesia de la Unificación, representada por Abe, tuvieron en la vida de Yamagami. Para ello se vale de una exposición cimentada en lo discursivo, que depura los elementos accesorios para lanzar el mensaje de la manera más contundente posible.

Son varios los acercamientos que ha tenido Adachi a cómo plasmar las ideas maoístas a través de las formas en sus películas. En A.K.A. Serial Killer (1969) basaba la puesta en escena en el Fukeiron, teoría formulada por el propio Adachi, que toma el paisaje como elemento central revelador de las estructuras sociales y políticas y cómo estas influyen en las personas. Para este caso emplea una puesta en escena que huye de lo artificioso, generando una estética casi amateur que remite a un acercamiento a sus personajes más propio de autores como Straub y Huillet o Godard, especialmente durante los años setenta. Pese a que por momentos se pueda perder en la sobreexplicación a través del diálogo o la voz en off, Revolution+1 construye todo un discurso que busca una acción real, transformando así a través de la pantalla la realidad extracinematográfica. Andrés González Leal

 

A modo de in media res empieza Masao Adachi Revolution+1 (Japón) que, tras mostrar el asesinato del exPrimer Ministro japonés, Shinzō Abe, abre dos líneas temporales que nos son narradas por el propio Kawakami después del atentado, contextualizando su vida antes del mismo. Adachi semificciona en 75 minutos los miedos más profundos de Tetsuya Yamagami, magnicida confeso de Abe, para crear el perfil de una persona solitaria y golpeada que ve su vida abocada a la única salida redimible.

El propio Kawakami sirve de caballo de Troya para que Adachi, cercano al biopic, desarrolle su idea de ‘revolución’ ante una postura de extremo conservadurismo y apoyo sectario de políticos como Abe, familia desestructurada mediante, y cómo las decisiones de esta clase tienen poco que ver con el verdadero sentir popular. Desde ese punto de vista japonés, que exporta un concepto colectivo de cultura impoluta y modélica, Adachi detona la imagen social nipona exponiendo la reclusión y el devenir de una generación que no cuenta con recursos ni altavoces. A contracorriente de los demás, nos presenta a Kawakami siempre distante, en dirección opuesta, quasi Travis Bickle –Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976)– desde una perspectiva excesivamente aprisionada, que se contrapone en todos los sentidos en su faceta terrorista –plan más estudiado, menor facilidad para conseguir armas, pero mismo objetivo: rabia ante la clase que mueve el mundo–.

Consecuentemente a la cultura hikikomori, su reclusión le sirve de excusa para ver este atentado como una venganza, culminando su decisión tras el suicidio de su hermano, que Adachi remarca con los mandamientos de la Iglesia de la Unificación, causa de todos sus males. Desde un panorama que induce al voyeurismo, como vigilado por cámaras de seguridad, Adachi contempla y nos hace contemplar, en tercera persona ajena y distante, el camino que sigue Kawakami hasta cumplir su misión, donde se unen la ficción y la imagen de archivo, antes de ver, por segunda vez, el asesinato de Shinzo Abe. Adachi se erige en la hermana de Kawakami en un alegato final a la rebelión, a la unidad de un pueblo oprimido ante la clase mandataria, justo antes de acabar con la figura del niño que, despejando la constante lluvia, cumple su sueño de alzarse como una estrella en el firmamento, dejando claro que, para la revolución, siempre hace falta uno más. Fran Carpena

 

Un fuerte lluvia torrencial cae sobre Tatsuya Kawakami (Soran Tamoto) en el interior de una celda después de atentar contra el exPrimer Ministro de Japón Shinzō Abe. La cámara panea hacia abajo y sus pies forman círculos en el agua que los cubre. Una lluvia imposible. Irreal que se precipite dentro de una habitación. Lo inverosímil de este fenómeno atmosférico proyecta el tormento interior que atraviesa el protagonista de Revolution+1 (Masao Adachi). Y es que Kawakami no pertenece a ninguna banda terrorista ni a ningún clan. No tiene apoyos, ni nadie que le felicite. Lucha contra sus demonios de forma individual. Solo. Uno.

Masao Adachi, comprometido con el Ejército Rojo japonés desde la década de los setenta, ofrece con su nueva película una obra tan activista como artística. Recrea sin prejuicios el asesinato de Abe a manos de un ciudadano japonés. Para ello, se vale de monólogos shakespearianos de Kawamani en los que cuenta de forma cronológica su vida hasta el momento del crimen. Esta proliferación incesante de palabras –acompañadas por imágenes oníricas que evocan recuerdos– induce a un acercamiento hacia el personaje. A un posible entendimiento. El largometraje del director nipón comienza con un vídeo casero y original del momento exacto en el que Abe recibe un disparo. La resolución de las imágenes es baja, propia de un móvil. Cuando el tiro se efectúa, un denso humo inunda la pantalla. Acto seguido, se abre paso entre la niebla un primer plano en una calidad completamente distinta de Kawakami empuñando un arma. A cámara lenta. Adachi muestra con esta adherencia de imágenes la unión en su película de documental y ficción. De lo que realmente pasó y de su propia visión de los hechos. Cine y política se entremezclan sin pudor, con intención. No toma distancias ni se cubre las espaldas. Ofrece en una palestra audiovisual un debate sobre el uso de la violencia, sobre el significado de la democracia, sobre el dolor. Revolución y arte.

Revolution+1 habla sobre la autonomía. Sobre la libertad. La que tiene Kawakami para construir un arma, para aprender a usarla, para disparar. La que tiene Adachi para usar un primer plano en su disparo, para hacer que suenen truenos cuando él ya no quiere ser un esclavo. La que tiene el público de juzgar si está bien lo que está viendo. Si lo apoya. Si comprende su sufrimiento. Si, por el contrario, lo repudia y lo juzga. ¿Había otra solución? Masao Adachi no da respuestas. Tan solo quema la luz hasta volverlo todo blanco. Julio Pérez Rodríguez