Print Friendly, PDF & Email

Carlos F. Heredero

Bajo las imágenes de Carol palpitan efectivamente, como se sugiere a lo largo del amplio dossier que le dedicamos este mes a la emocionante obra maestra de Todd Haynes, los ecos fructíferos de un amplísimo muestrario de referencias: el germen narrativo que proporciona la novela original de Patricia Highsmith, la savia nutricia del woman’s film del período clásico y de su revisitación –esplendorosamente manierista– en la obra de Douglas Sirk, la textura de múltiples capas que muestra la obra fotográfica de creadores como Saul Leiter y Vivian Maier, la topografía urbana del docudrama neoyorkino Lovers and Lollipops (Morris Engel y Ruth Orkin,  1956), la propia evolución de la filmografía de Haynes en el terreno del melodrama femenino (con los precedentes determinantes que suponen Lejos del cielo y Mildred Pierce), más los puentes que el propio film puede tender con la arquitectura narrativa de Breve encuentro (David Lean, 1945) o con un ensayo de Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso), amén de los tempos musicales de Philip Glass que resuenan bajo la arrebatadora y ejemplarmente integrada banda sonora de Carter Burwell…

Invocar todas estas resonancias es solo una de las posibles y múltiples formas de acercamiento a una obra cuya riqueza cinematográfica y alto grado de refinamiento estilístico le permite conjugar todas ellas sin estridencia alguna, sin hacer ostentación, con humilde sinceridad, sin guiños cinéfilos autocomplacientes y sin perjuicio de su propia singularidad como obra original capaz de crear personajes de honda complejidad y de poner en circulación un rondó de emociones tan desestabilizadoras como revitalizantes.

Es el privilegio del arte que ha comprendido, como explicaba Santos Zunzunegui en un luminoso ensayo, que hacer cine hoy en día implica, necesariamente, ajustar cuentas con el cine y con el arte del pretérito, asumir el humus sobre el que fermentan las imágenes del presente y dotar a estas de una nueva densidad expresiva capaz de conquistar su propia autonomía creadora. En esa estela viene a inscribirse gozosamente una película en cuyas imágenes la historia del cine y su poder de seducción (Carlos Losilla dixit) reverberan sobre nuestro presente desde el pretérito de los años cincuenta invocado por la historia, a la vez que dan forma y belleza –es decir, convierten en hermosa materia cinematográfica– a la textura inmaterial del deseo y a la vibración emocional de la mirada. Palabras mayores.