Carlos F. Heredero
La película que este año Cannes le robó literalmente a Berlín y de la que todo el mundo venía hablando maravillas ha resultado ser, en efecto, un artefacto de enorme ambición estilística y de poderoso aliento fílmico para entretejer sobre la pantalla –dado que no se puede hablar literalmente de narrar– la existencia de cuatro niñas (Alma, Erika, Angelika y Lenka) que viven en una misma granja del norte de Alemania, en su zona oriental, en diferentes épocas a lo largo del siglo XX. Los ecos del pasado reverberan sobre el presente de cada una de ellas a la vez que el recuerdo y la memoria se transfiguran sin cesar y las vidas de las cuatro protagonistas se reflejan entre sí. La ambición conceptual de la propuesta elude toda posible arquitectura novelesca o psicologista, puesto que las imágenes se suceden sin atenerse a relaciones causales ni a voluntad ninguna de construir un relato como tal. Las percepciones de sí mismas y de su entorno, las sensaciones existenciales y la atmósfera de sus familias respectivas son la materia que explora un dispositivo estilístico que se abre y se vuelve sobre sí mismo para indagar en la simultaneidad perceptiva de los diferentes tiempos históricos y narrativos puestos en juego.
Entramos en el film (segundo largometraje de una cineasta de 41 años, que había sido antes prestidigitadora y bailarina de fuego en un circo itinerante) a través de la mirada furtiva de una de las niñas y de su punto de vista (construido siempre mediante un minucioso trabajo de cámara y de montaje), pero a medida que avanzamos por los itinerarios rizomáticos del tiempo fílmico nos sumergimos en un torbellino estilístico que, en sus mejores momentos, muestra un enorme poderío visual y una fuerza de su puesta en escena ciertamente poco común y potestad exclusiva de los grandes cineastas. En otros fragmentos, sin embargo, la búsqueda estilística se impone sobre las imágenes y apenas las deja respirar, se hace evidente y se superpone a lo que trata de mostrar, con lo que la película pierde de manera intermitente la organicidad y el arrastre que, en los episodios más afortunados, se enseñorean de la pantalla para atraparnos en una experiencia que es, sobre todo, sensorial y perceptiva.
Película de espíritus y de fantasmas, Sound of Falling (una obra que no se irá de vacío en el palmarés final, con toda seguridad) nos adentra también en el tema joyciano por excelencia: la convivencia de los muertos entre los vivos. Ya lo decía Julien Davenne en La habitación verde (Truffaut): “No vivimos solo con los vivos, sino también con todos aquellos que nos acompañan en la memoria, si aceptamos pertenecerles”. Los muros de la granja, los útiles de labranza, las paredes de las estancias, los baños en el río, las fotos de los muertos…, todo transpira la presencia de los que ya no están. Los ecos del pretérito se entretejen con el discurrir del presente hasta crear la sensación –estrictamente fantasmática– de que todo transcurre en el mismo tiempo narrativo. El flujo de las imágenes habla, simultáneamente, de la Historia del siglo, del dolor y de las servidumbres de las mujeres, de heridas físicas y morales, de valores atávicos que se perpetúan y de los enigmas que rodean a la infancia, pero lo hace sobre un bastidor complejo de diferentes voces narrativas y a modo de mosaico lírico y sensorial. Será necesario volver con mucha más calma a esta obra realmente original –tan poliédrica como enigmática– para poder digerirla con mayor serenidad y más en profundidad.
Àngel Quintana
A finales de la guerra civil estadounidense, los movimientos de espiritistas popularizaron la llamada fotografía de fantasmas. El procedimiento consistía en realizar fotografías mediante una doble exposición en placas de daguerrotipo para que diera la impresión de que algunos de los personajes fotografiados pareciesen un espíritu translúcido de algún fallecido. También era habitual realizar fotografías con los cadáveres de los muertos amortajados o utilizar una vieja fotografía de alguna persona ausente para integrarla en el presente. La segunda película de la directora alemana Mascha Schilinski, Sound of Falling es una película sobre los espíritus y fantasmas en la que salen muchas fotografías de muertos y de espíritus, pero sobre todo es un relato sobre las capas de memoria, su evanescencia. Es una reflexión sobre cómo los espacios de los vivos están impregnados por la presencia de los muertos. Una historia en la que los fantasmas son mujeres que evocan su dolor, las ausencias y los misterios de unas vidas truncadas. Si se tuviera que resumir Sound of Falling podríamos decir que nos encontramos ante un relato de fantasmas, una gran saga familiar, incluso una historia que podría tener el carácter de un fresco en el que se mezclan la trayectoria de cuatro chicas –Alma, Erika, Angelika y Lenka– que viven en una granja de la región alemana de Altmark y que en sus respectivos presentes reviven de forma gradual múltiples trazas del pasado. La historia se desarrolla a lo largo de un siglo, reaparecen los mismos lugares, los mismos baños en el río. Hay constantes repeticiones de gestos y muchas cosas que parecían haberse cerrado antaño reaparecen completamente abiertas.
A pesar de su estructura de película río, no hay film más alejado de lo novelesco que este preciosista trabajo de Mascha Schilinski. La película no se centra en explicarnos con claridad los acontecimientos relatados, no hay una concatenación de causas y efectos, solo hay pistas, trazos de posibles historias. Esta perspectiva es lo que convierte la película en absolutamente fascinante. Masha Shilinski nos está hablando de la opresión del patriarcado, de la dificultad de ser mujer a lo largo de los tiempos, de las humillaciones sexuales o de aquello vivido en la infancia que resulta incomprensible, pero que en la edad adulta adquiere todo su sentido. No hay ningún intento de retórica, ni ninguna búsqueda de la explicitud, todo avanza a partir de miradas en la oscuridad que intentan ver con un poco más de claridad. Las voces narrativas se cruzan, se bifurcan y se dispersan como todos los aparentes relatos que componen el rico mosaico de la película. Al final, lo que vemos en Sound of Fallling –título en inglés del original en alemán In die Sonne schauen– son múltiples caídas morales y afectivas. El mosaico se va transformando en un mosaico poético, en un intento de construir múltiples imágenes de texturas diferentes en perpetuo diálogo, un ensayo poético de alto vuelo. Los ecos de Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola se mezclan con los de El baño del diablo de Severin Fiala y Veronika Franz, en unas imágenes en las que acaba resonando también la memoria de una visión fragmentada de Heimat de Edgar Reitz y El amo de la casa, una gran película de 1925 sobre la crueldad del patriarcado realizada por Carl Th. Dreyer. Más allá de sus múltiples virtudes, Sound of Falling tiene el privilegio de ser el acta de nacimiento de una gran cineasta, Mascha Schilinski. À suivre….








