Àngel Quintana
“Algún dia vendrá / el hombre que amo / Y cuando venga en mi camino / Haré mi mejor esfuerzo para hacer que se quede”. Esta letra pertenece a la canción The Man I Love, un clásico jazzístico escrito por Ira Geshwin que cuenta con la música de George Geshwin y que ha sido objeto de mil versiones. En la película de Ira Sachs, The Man I Love la canción es cantada por Jimmy (Rami Malek) en un apartamento del Nueva York de los años noventa. Jimmy tiene dos hombres cercanos. Uno de ellos se llama Dennis (Tom Sturridge), quien le ha cuidado durante mucho tiempo, el otro es su objeto del deseo Vincent (Luther Ford). La pregunta que el espectador no cesa de hacerse durante todo el metraje no es otra que la de saber quién es verdaderamente ese hombre que ama a Jimmy.
Jimmy es un artista. Canta en un grupo teatral y prepara una obra en la que debe aparecer transformado en Phyllis, una mujer. El amor es para Jimmy una forma de superar el sida que lo ha ido apartando de su circulo de amigos y le ha impedido seguir adelante. Ira Sachs nos cuenta una bella historia de amor en los tiempos del sida pero no lo hace desde la representación mórbida de la enfermedad. Tal como constanta la hermana de Jimmy (Rebecca Hall) en una de las secuencias más bellas, cuando aparece en escena Jimmy vive un momento de cierta calma y de cierto equilibrio. A lo largo de la película no lo vemos condenado a la muerte sino aferrado a la vida, como parte de una determinada comunidad en cuyos rituales participa. Ira Sachs prefiera mostrar los últimos momentos de la vida de Jimmy antes de su caída a partir de retazos de vida, de abrazos, besos, conversaciones, gestos de amistad y sobre todo muchísimas canciones. La narración parece vaciada de todo dramatismo, lo que le interesa a Ira Sachs es capturar la belleza de pequeños instantes. El resultado final es una película extremamente delicada, que avanza por un mundo incierto pero lo hace con elegancia, con la voluntad de encontrar una mirada sensible que aunque está siempre a punto de quebrarse, mantiene siempre su verdad e incluso su elegancia.
Carlos F. Heredero
Territorio Sachs: Nueva York, años ochenta, la pandemia del VIH, un apartamento en el que recluirse, una pareja homosexual, una pasión imprevista que se inmiscuye, una representación teatral, los clubs del West Village. Reconocemos el entorno, los temas y los ambientes. Pasajes (2023) y Un día con Peter Hujar (2025) reverberan bajo el drama que plantea The Man I Love, y lo hacen no para repetirse, sino para encontrar nuevas resonancias, para que el cineasta (nacido en Memphis) siga indagando –a cada nuevo título con mayor madurez y serenidad– en un imaginario que concita, esencialmente, el deseo gay, los ambientes artísticos y la ciudad en la que vive desde 1988; es decir, desde la época en la que transcurre su nuevo film.
Sachs sabe de lo que habla, pero la riqueza y la verdad emocional de la película no provienen tanto de su cercanía personal a las experiencias que retrata, sino de la empatía, de la integridad y de la armonía de sus formas. Como siempre, lo realmente valioso no es que estemos aquí ante un film de temática explícitamente queer, sino ante una radiografía que es, a la vez, un tributo a quienes vivieron con desgarro los destrozos del sida y una celebración que tiene algo de elegíaca, pero también de melancólica. Su retrato de los afectos y de los cuidados, su sensibilidad no amanerada ni efectista en la radiografía de los sentimientos (el triángulo que forman el narcisista Jimmy, su novio Dennis y el recién llegado Vincent), la manera sutil –nunca subrayada– de introducir los prejuicios sociales y, sobre todo, la muy orgánica conjunción entre el drama y la música convierten a The Man I Love en una obra de plena madurez expresiva, pero también, y sorpresivamente, en un emboscado musical que, sin recurrir a los códigos del género ni declararse como tal, encuentra en esa aleación su vibración más sincera y más emocionante.
Las dos canciones que canta Jimmy (un Rami Malek acaso demasiado intenso durante todo el film) –Look What They’re Done to my Song, Ma, un tema de Melanie Safka, y The Man I Love, de George Gershwin–, o la que entona Rebecca Hall (How Are Things in Glocca Morra), entre otras, además de los restantes temas que se van sucediendo en la banda sonora, inyectan en el desarrollo de la historia una vibración especial a lo largo de un relato que fluye siempre con elegancia, sin que algunas elipsis bruscas rompan nunca la armonía de su discurrir narrativo. De sus imágenes nace esa mirada que contempla con empatía, sin dramatismos enfáticos ni proclamas de ningún tipo, de qué manera el arte es el asidero al que se aferra Jimmy para combatir su enfermedad y cómo la amenaza de la muerte convive con los afectos familiares, el trabajo profesional y la vida cotidiana. A Sachs le interesa, sobre todo, el retrato de esos momentos íntimos, de la búsqueda de un sentido en el discurrir cotidiano de los amores estables y de las pasiones irrefrenables, de los vínculos familiares y de la catarsis artística. Una obra llena de amor y de compasión, capaz de integrar en un mismo registro la inminencia de la tragedia y el temblor luminoso de la vida en sus más imprevisibles manifestaciones.








