Carlos F. Heredero
Si no fuera porque es ya casi una triste costumbre, sería para ver y no creer que el festival de Cannes pueda inaugurarse con una banal producción local (y casi provinciana) de tan escaso alcance y tanta consistencia como la de una pompa de jabón que se desvanece en el aire sin dejar rastro. Coherente propuesta, por lo demás, en un certamen colocado –y seguimos sin salir de su enfermedad chauvinista– bajo la advocación de un afiche oficial que recupera aquella relamida y cursi película de Claude Lelouch (Un hombre y una mujer,1966), a la sazón ganadora de la Palma de Oro hace ahora cincuenta años. Que aquel afectadísimo y aburguesado drama romántico haya dejado paso, medio siglo después, a un ínfimo pseudomusical protagonizado por una mujer madura que se replantea su existencia cuando se queda embarazada y regresa al pueblo donde creció para visitar a su padre enfermo, no anuncia precisamente buenas nuevas para el cine francés. Protagonizada por la cantante Juliette Armanet (con todo, lo mejor del film), Partir un jour se reconvierte de forma intermitente en inesperado musical cantado por sus actores de la forma más naturalista posible para regresar, acto seguido, a su curso rutinario sin fuelle, sin estilo, sin garra y sin apenas otra cosa que ofrecer que un puñado de lugares comunes y de situaciones tópicas. La propuesta es consecuencia, en realidad, del ‘inflado’ de un cortometraje homónimo de su coguionista y realizadora, pero es evidente que su material narrativo no daba para un largo. Triste comienzo.
Àngel Quintana
Hace unos años Amélie Boninn realizó un corto de veinticinco minutos sobre un chico que volvía a su población natal y se cruzaba con el amor de su juventud que estaba embarazada, mientras lamentaba el paso del tiempo y aquello que se había perdido. La película ganó el César al Mejor Cortometraje y se convirtió en un pequeño hito, reforzado por la presencia de la cantante Juliette Armanet y la inclusión de una serie de viejos hits de la canción popular francesa interpretados como si fuera una sesión de cine-karaoke. Amélie Bonnin ha tenido el privilegio de inaugurar el Festival de Cannes con un largometraje que no hace más que retomar, modificar y alargar el corto inicial, pero sin añadir nada nuevo, ni ningún ingrediente significativo. El único cambio sustancial reside en la trama: quien vuelve a casa es la chica embarazada y cuyo padre ha tenido un ataque de corazón que la ha obligado a regresar. En la operación de retorno no hay ningún atisbo de rencor hacia la familia, ni ninguna reflexión sobre el contexto donde se desarrolla la historia. Amélie Bonnin se limita a volver a hablarnos de aquello que fuimos y de aquello en lo que nos hemos convertido sin añadir ninguna sorpresa significativa. La mujer vuelve a sentir el amor por lo que ha dejado, mientras intenta comprender el mundo de sus padres. La protagonista es en esta nueva versión una mujer que se ha ganado la vida con la alta gastronomía, mientras sus padres rigen un restaurante popular. La operación de cine-karaoke vuelve a hacerse efectiva y la película se mueve entre lo cómico y lo melancólico. Al final, la sensación es la de una pequeña película inofensiva, aquello que los ingleses llaman una auténtica feel good movie. La otra cuestión clave sobre Partir un jour reside en el modo en que se gesta una operación dirigida a afianzar un modelo de cine francés intergeneracional donde las viejas canciones despiertan la nostalgia de los espectadores maduros, mientras la tierna historia de amor imposible es tan plana que puede funcionar ante un cierto público adolescente amante de cierto romanticismo edulcorado.








