Cristina Aparicio

En el judaísmo, el shivá es el periodo de duelo de siete días que comienza al enterrar al ser querido. Cada día, la familia del fallecido recibe la visita de familiares y otros allegados que muestran sus condolencias y ofrecen consuelo en estos difíciles momentos. Es en este periodo de tiempo donde transcurre Siete días de febrero, durante la celebración de un shivá y la reunificación familiar que ha supuesto este deceso. El primer largometraje de Tatjana Moutchnik funciona como retrato de las dinámicas familiares a la vez que se convierte en un documento histórico en el terreno de lo privado. El estallido de la guerra de Ucrania potencia los desacuerdos entre los miembros de una familia que tiene dificultades para entenderse. Las diferencias generacionales y geopolíticas afloran durante la celebración de este duelo, contraviniendo el sentido del ritual (el consuelo, la fortaleza de los vínculos familiares, acompañar en el dolor por un ser querido en común). El humor se cuela en este drama que se esfuerza por mirar hacia el exterior a través de la inclusión de videos de móvil y otro tipo de imágenes (de informativos fundamentalmente), sin perder de vista la guerra que, a pesar de la distancia, está plenamente presente. A pesar de las similitudes de Siete días de febrero con el film de Cristi Puiu Sieranevada (2016), queda lejos de la propuesta formal y la ironía que sostenía cada uno de los planos secuencia de aquel. Moutchnik apuesta por un formato más clásico y minimalista, sin alardes formales, jugándoselo todo a un sólido guion, a la complicidad que surge entre sus personajes y el cambio de perspectiva a la hora de abordar uno de los conflictos más relevantes de los últimos años.