Refugio y recuerdo
¿Qué puede hacer el cine frente al horror? La pregunta que abría el editorial de Jara Yáñez en el n.º 203 de Caimán Cuadernos de cine también sobrevoló la programación de la 23ª edición de DocLisboa. En Cartas a mis padres muertos, Ignacio Agüero se la plantea cuando enumera la lista de miembros del gabinete de Salvador Allende asesinados por la dictadura de Pinochet a la vez que confiesa que, al mismo tiempo, él seguía asistiendo cada día a la escuela de cine como si nada sucediese. Con el Gran Premio de la competición internacional que recibió La noche está marchándose ya (Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas), el festival parece responder de alguna manera a esa pregunta. ¿Qué puede hacer el cine? Quizás ofrecer un refugio. Después de ser despedido como proyeccionista del cineclub local, el protagonista de la película acepta un trabajo como vigilante nocturno en el mismo edificio, en el que acabará además viviendo en secreto cuando pierda también la habitación que alquila. Desplazado progresivamente de la que en algún momento fue su vida, el ahora vigilante se refugia en la sala de cine vacía con la única compañía de las películas que sigue proyectando cada noche y de un grupo de personas sin techo a las que acoge en el edificio.
Aún al borde del abandono, la sala de Cinema Kawakeb (Mahmoud al Massad) es también un lugar donde recobrar la memoria para poder entender el presente. Intercalados entre el rodaje de una película inacabada, noticiarios de distintas épocas muestran desde el asesinato de Francisco Fernando a discursos actuales de Netanyahu para conectar toda una serie de eventos históricos que conducen al actual genocidio palestino. ¿Qué puede hacer el cine? Quizás recordar.
Todo lo contrario busca el protagonista de Baía dos tigres (Carlos Conceição), enviado a un pueblo de pescadores abandonado en la costa de Angola como parte de un programa experimental que debería borrar su memoria. Sin embargo, las ruinas de los edificios cubiertas de arena dan testimonio del pasado colonial ante el que intenta cerrar los ojos. Filmar permite registrar el presente y preservarlo para, de alguna manera, protegerlo del olvido. Es lo que hacen El Hakawati (2019), la película póstuma de Ahmad Nachte, al documentar los ensayos del colectivo teatral palestino del mismo nombre, o Tell Me a Fairytale (Ebrû Avci), Premio del Jurado Internacional, con el proyecto de su protagonista de recopilar en un libro cuentos tradicionales kurdos transmitidos oralmente y a punto de ser olvidados.
En Cartas a mis padres muertos, Agüero no solo recupera filmaciones familiares caseras, sino que también se entrevista con el líder sindical de la empresa en la que había trabajado su padre durante el gobierno de Allende y cuestiona sus vínculos con los militares responsables del golpe. Volviendo sobre sus propias películas, Remake (Ross McElwee) reconstruye la memoria familiar del cineasta en un intento por comprender la muerte de su hijo, víctima de una sobredosis de fentanilo en 2016, y ajustar cuentas con su responsabilidad como padre. Otra película sobre el duelo, Llenya (Manel Raga Raga) experimenta con la posibilidad de detener el tiempo para capturar el recuerdo del abuelo del cineasta.
Sin otras imágenes que mostrar, en Avenida Sáenz 1073 Lucía Seles solo puede recuperar la memoria familiar recorriendo el gimnasio construido sobre en el espacio que antes había sido la casa en la que se crió. Selena Prat, alter ego en pantalla de Seles, acompaña al actual propietario del edificio, que entre las máquinas de gimnasio describe los espacios domésticos que ella todavía recuerda. En el desfase entre palabra e imagen, emerge la memoria. En Fuck the Polis, literatura y recuerdo se confunden: Rita Azevedo Gomes utiliza las citas literarias como partes de un mapa que le permiten volver sobre los pasos de un viaje pasado a Grecia. Tampoco Bani Khoshnoudi tiene imágenes de su prima, ejecutada en 1988 por el régimen iraní, pero en The Vanishing Point se sirve de sus propias filmaciones de las protestas de 2009 en Teheran para recuperar la memoria familiar y vincularla con su experiencia personal.
Tanto Ghassan Salhab en No Title como Abbas Fahdel en The Wounded Land registran la destrucción provocada por la invasión de Israel en el Líbano. Si No Title deja que las imágenes de las calles destruidas filmadas desde el interior de su coche hablen por sí mismas, en The Wounded Land documenta los testimonios de aquellas personas desplazadas que al volver se encuentran casas, bibliotecas, mercados o incluso parques convertidos en escombros. El primer testimonio es el de la propia familia de Fahdel: en los primeros planos de la película, los juegos de su hija en el jardín se ven interrumpidos por el estruendo de las primeras bombas.
No solo la memoria interrumpe el rodaje de Cinema Kawakeb. Del exterior llega el ruido de la calle, que a medida que avanza la película se llena de gente manifestándose contra el genocidio en Gaza. Una vez recobrada la memoria, solo queda volver a mirar al presente y salir al exterior. Porque como le dice al protagonista de La noche está marchándose ya una de las amigas a las que abre las puertas del cine que vigila: “Está todo bien con estar en el cine un rato para pasar del apuro. Pero un manto de realidad…” Después, en algún momento, hay que volver a la calle.
Alex Pena Morado








