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En su primer largometraje de ficción, Alessandro Pugno narra las historias paralelas de un niño destinado a ser torero y un toro criado para ser sacrificado en la plaza, paralelismo que basa en las vivencias que, por universales, son semejantes entre humanos y animales. Matteo Prise ‘El Italiano’, nacido en un pueblo de Italia, conoció desde niño la muerte por el fallecimiento de un amigo y pudo comparar su desaparición intrascendente con el espectacular funeral que vio ese mismo día por televisión: el de un torero español que, tras recibir una mortal cornada, fue aclamado como un dios. De ahí que la gloria y el reconocimiento, como únicas armas para escapar del olvido, sean los motores de un Matteo que debe aprender a domar su rabia si quiere aprender a torear. Por su parte, ‘Fandango’ es un becerro nacido en las dehesas de Andalucía, un caso excepcional al ser un semental hijo de un toro manso. Pugno trata de construir una suerte de western moderno de tintes trágicos, en el que animal y humano, antagonistas apresados en un ratio de cuatro tercios, no pueden escapar de su destino. El cineasta es preciso en los fragmentos semidocumentales de la película, cuando registra los rituales centenarios relacionados con la tauromaquia y la crianza de becerros, pero se desinfla drásticamente en las instancias de pura ficción. Las relaciones entre personajes, sus intenciones, e incluso sus biografías, son explicadas hasta la extenuación en diálogos forzados (en el mejor de los casos, pues habitualmente se tratan de dilatados monólogos) que tratan de reforzar las tesis de dirección con grandes frases (“no se puede matar a la muerte”). Pugno tampoco termina de encontrar el pulso a la dirección en momentos dramáticos que precisan de cierta sensibilidad, como el suicidio del joven Tejera (resuelto con un plano/contraplano con una ventana cerrada) o la posterior reacción de Matteo, cuando, ciego por la rabia (atención al subrayado), termina por lanzarse contra un cartel del metro que reza “Cumple tu sueño”.

Yago de Torres