Carlos F. Heredero
Fuera o no consciente —cuando empezó a concebir este film y mientras lo estaba dirigiendo— de que Tender Loving Care iba a ser su última película (Mike Leigh, aquejado de una enfermedad autoinmune que limita sus movimientos, ha declarado que quizás ya nunca más pueda volver a rodar), difícilmente cabe imaginar ningún otro cierre más hermoso y más conmovedor de una larga obra creativa que el último plano de este film. En ese colofón estremecedor, el rostro de un indigente enfermo y solo en mitad de la calle (un personaje al que únicamente habíamos visto en la secuencia de apertura) rompe la cuarta pared y nos mira a nosotros, sus asombrados espectadores, quizás para preguntarnos si todavía albergamos en nuestra alma la humanidad y la compasión necesarias para seguir librando, con la empatía necesaria, la difícil y durísima batalla diaria a pesar de los malos tiempos que vivimos y contra todas las adversidades a las que nos enfrentamos a diario.
Mike Leigh deja así envuelta toda la película entre una apertura y un cierre que se hacen eco entre sí para proponernos, entre medias, una sabia y serena meditación sobre el trabajo silencioso de quienes dedican su vida a cuidar de los demás: de sus seres queridos, pero también de todos aquellos a quienes la sociedad puede haber colocado en la más dramática de las coyunturas. Y lo hace depurando al máximo sus herramientas, hasta el punto de que podemos decir que estamos ante una película sin argumento o, por lo menos, sin las determinaciones causales y sin las expectativas que genera cualquier construcción narrativa tradicional. Asistimos así a las vidas cotidianas de Rosie y Amy, dos jóvenes trabajadoras sociales, y también de los padres de Amy, ya mayores: una pareja cuya armonía matrimonial parece el contrapunto de los fracasos y decepciones amorosas que viven las dos chicas.
Prácticamente, no hay nada más: Rosie y Amy visitan cada una por su lado a sus pacientes, a los que tratan de ayudarles en la difícil supervivencia cotidiana, sin que ninguno de esos casos tenga, ni aspire a tener, una resolución dentro del relato. De vez en cuando, Amy visita a su padres, a veces acompañada de Rosie, que además es su mejor amiga y a cuya casa se ha vuelto a vivir, herida y derrotada por una nueva ruptura amorosa. Simultáneamente, Amy cuida a sus padres y, finalmente, su madre debe cuidar también de su esposo cuando este entra en una nueva y dolorosa fase de su vida. Tampoco hay aquí discursos ni retórica declarativa ninguna. No hay personajes instrumentales ni mensajes complacientes para una clientela ganada de antemano. La única heroicidad (la de verdad) no es la que se proclama ni la que se reivindica, sino la callada y silenciosa que ejercen todos los personajes en su trabajo profesional y en su existencia cotidiana, llena de frustraciones y dificultades.
Mike Leigh habla del deterioro del estado del bienestar, del recorte de fondos en la sanidad pública y en los servicios sociales, del retroceso del estado en favor de lo privado, pero sus personajes nunca se rinden y el cineasta nunca los victimiza. He ahí la gran diferencia, la verdadera grandeza de una obra que retrata a sus criaturas con cariño, que habla de resiliencia y de combates cotidianos sin engolar la voz y sin ponerse trascendente, que sabe extraer humanidad y solidaridad de cada gesto y de cada mirada, que sabe introducir la comedia sin trivializar y que expone el drama sin aspavientos, a veces con toda su crudeza y su violencia, pero sin caer nunca en la tentación de la trascendencia y del subrayado enfático, sin envolverse a sí misma en ninguna bandera exhibicionista.
Un pudoroso y lento travelling de retroceso (apúntenlo, por favor) coagula de manera silenciosa y discreta un dolor devastador que la penúltima imagen del film deja así fuera de campo, pero resonando con fuerza sobre el plano. La puesta en escena desvela en esos breves segundos, simultáneamente, la personalidad del cineasta, la ética de su mirada y el profundo respeto que siente hacia sus criaturas. Es un plano que vale ya por todo un festival, pero el que le sigue después termina por dejarnos ya completamente desolados, pues nos deja a solas con ese indigente enfermo del que hablábamos al comienzo de esta reseña: alguien condenado a morir solo en mitad de la calle porque el sistema ya no lo protege. Cara y cruz de una radiografía social y moral que nos atraviesa de la cabeza a los pies, consecuencia final de un film en el que Mike Leigh se ha rodeado de su equipo estable profesional y también de su familia más cercana (la madre de Amy está interpretada por Marion Bailey, esposa del director en la vida real, y madre de Alice Bailey Johnsson, a su vez intérprete de Rosie) para dar a luz, digámoslo alto y claro, uno de los más luminosos regalos que el Arte Cinematográfico (así, con mayúsculas) ha venido a ofrecernos en estos tiempos oscuros de deleznable cine misántropo que tanto abunda por doquier. Volveremos sobre Tender Loving Care con mucha mayor amplitud.











