Print Friendly, PDF & Email

Entre el bestiario que poblaba la mítica La parada de los monstruos (1932) de Tod Browning integrado por hermanas siamesas, un hombre gusano y otros especímenes raros, había una mujer alta con barba. En los circos, ferias, gabinetes de curiosidades y en algún universo a lo Guillermo del Toro las barbudas eran vistas como monstruos. Stéphanie Di Giusto también habla de la mujer barbuda como monstruo en Rosalie, pero no hay ni ferias, ni circo, aunque persiste la tentación de que Rosalie –la mujer que salió con más pelo de lo normal– algún día pueda ganarse la vida exhibiendo su barba en un espectáculo. Rosalie  (Nadia Tereszkiewicz) es una chica humilde que sufre porque los otros la consideran un monstruo. Rosalie se ha casado con Abel (excelente Benoît Magimel), quien se ha sentido traicionado por el padre de la chica, ya que se la vendió sin decirle que se casaría con un monstruo.

La visión de la alteridad se inscribe en medio de un entorno rural dominado por un cacique en el que la chica monstruo acaba convirtiéndose en parte del paisaje. Su problema es cómo asumirla como objeto del deseo. La chica se hace unas fotografías de corte medianamente erótico para estimular el deseo exótico, pero el problema es saber si con su barba y su pecho velludo puede llegar a atraer a Abel. Stéphanie Di Giusto convierte una historia anclada en los años posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial en una fábula sobre la alteridad sexual y sobre los secretos del deseo. Rosalie es una chica con un desarrollo hormonal peculiar que, sin llegar a ser transgénero, insinúa cómo tras esas mujeres monstruos que se exhibían no había más que el complejo que implicaba la diferencia en una sociedad en que el deseo se había creado únicamente de forma unidireccional. El resultado es una película que plantea cosas interesantes, pero que cae en la retórica falsa y en una cierta visión esquemática del guion. No es casualidad que en la fase de ajuste del guion aparezca el nombre de Jacques Fieschi que con los años se ha convertido en la marca de fábrica de cierta tendencia del cine francés. Àngel Quintana