Debo reconocer que cada vez me veo más como un cascarrabias cinematográfico. Tal vez cosa de la edad, pero es una sensación que aumenta exponencialmente y en sentido inverso al incremento de producciones audiovisuales. Un absurdo, pues es esa producción la que nos da de comer. En fin, volví al Festival de Tesalónica. El Festival goza de buena salud, al menos cuantitativamente hablando. Se han agotado numerosas sesiones, hasta llegar a un total de 92.000 espectadores. Así que los habitantes de la ciudad siguen acudiendo en gran número a las proyecciones. Para esta edición me había propuesto centrar mi atención en el cine griego, después de un tiempo sin hacerlo, quería tomar el pulso actual a su cinematografía, desgraciadamente, en la vorágine de un festival, donde además hay mucho más que películas, no pude, en el tiempo que estuve, cumplir con ese un itinerario. Acabé configurando otro donde predominaron las películas habladas en castellano.

No me extenderé en esa diversidad, ya que buena parte de esas películas se han comentado recientemente en esta revista. Simplemente, una impresión general: todo está en su sitio, nada desentona, ningún motivo para el rubor, pero pasados un par de días, me cuesta decir algo sobre la mayor parte de películas que he visto, las he olvidado, no han dejado ninguna marca; quedó alguna reflexión, por ejemplo sobre el segundo largometraje de David Moragas: Un altre home (2025) estrenado en el certamen. Nunca he tenido un gran interés por las películas en torno a las crisis, dudas, celos o infidelidades en el mundo de la pareja. En los últimos años se ha normalizado que puedan ser del mismo sexo y que busquen unos tonos cotidianos y naturalistas; perfecto. Ningún reproche hacia la película de Moragas, pero saturado por este tipo de historias, me decepciona ver cómo toda aquella lucha, todas aquellas rupturas que comportaron estos movimientos contra la sociedad establecida, hayan acabado asumiendo los mismos esquemas contra los que se levantaron. Me parece justo que quien quiera pueda optar por ello, pero ¡qué pereza! Por eso me quedo con dos películas, una de ellas loca y desigual pero viva, la peruana Punku (2025), de Juan Daniel Fernández Molero. Abigarrada, con múltiples texturas y formatos; una tentativa por fusionar un género entre fantástico y esotérico, con registros más experimentales; la otra, una obra mayor, la más interesante que vi en el festival: Las corrientes (2025) de Milagros Mumenthaler.

Admiré, particularmente, la manera tan orgánica de manejar lo que mostraba y se podía deducir; lo que mostraba pero apenas se podía intuir o directamente se hacía impenetrable; y lo que habiendo sucedido quedaba elíptico. Algo que ya estaba en sus películas anteriores, pero que aquí alcanzaba una mayor madurez y rigor. Y eso, además, sin ser producto de la maquinaria que construye los guiones, sino de su puesta en escena y del trabajo de creación con la protagonista, una mujer de mediana edad que ha conseguido todo aquello para lo que la sociedad la había preparado, pero  repentinamente, y sin ser ella misma capaz de entenderlo, su vida se ve cortocircuitada provocando una escisión entre cómo se muestra hacia el exterior y su estado interior. Aquí se vuelve a dibujar uno de los temas centrales en el cine de Milagros Mumenthaler, el impulso a la desaparición. Un aforismo de Rafael Argullol de su libro Cazador de instantes creo que condensa, primorosamente, ese impulso que manifiestan muchos de los personajes de la directora argentina: “Aunque ejercía diversos oficios su verdadera vocación era desaparecer”.

El suyo es un cine rico en pequeños gestos, en pequeños detalles que nos permiten entrever por dónde discurren sus personajes, pero en Las corrientes va un paso más allá y consigue transmitir la impresión de que ni la directora, ni su protagonista son capaces de dominar y entender lo que le está pasando. Una virtud que en algún momento temí que se pudiera estropear por exceso de información, o por la aparición de algún manual psicoanalítico, el más crítico la recurrencia al único flashback de la película, nada, apenas algún ligero desliz. ¡Desde Argentina siguen llegando espléndidas películas!

Pere Alberó