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Qué distinta sería la vida si se pudiese disponer para su concepción de un equipo artístico y técnico. De un guionista que suprimiese diálogos o escribiera lúcidos discursos, un director que situase las elipsis pertinentes para evitar sufrimientos y un cámara siempre al tanto de esa presencia personal que de repente deja de ser invisible, transformándose en constatación material de su existencia. Porque la vida, seguramente, sería más emocionante si fuese una película. O al menos hay algo de esta tesis en Roleless / Miyamatsu to Yamashita, una obra que plantea interrogantes sobre la propia naturaleza fílmica desde sus primeros instantes.

Existe una voluntad consciente (cómica, inteligente y novedosa) de colocar al espectador en el desconcierto. Tanto es así que resulta imposible no intentar dar respuesta a lo que está sucediendo en pantalla, y que no es otra cosa que la sucesión de escenas de muerte (nada macabras) que experimenta una misma persona, que tras morir se levanta para caminar hasta su siguiente localización. ¿Se trata de algún tipo de actuación? Y si es así, ¿quién está mirando? Pero no estamos en el terreno de Holy Motors de Leos Carax, sino más bien en el del cortometraje de Toni Bestard Background, el romance en perspectiva forzada que abría una ventana al mundo de los figurantes, de aquellos individuos que están al fondo en las películas. Poco a poco, los realizadores van introduciendo más elementos del artificio (dentro del encuadre, con menos elipsis), hasta desvelar la verdadera naturaleza de lo que sucede y con ello, también, la triste historia que encierra el film. Los fragmentos de vida, aquí, son solo papeles vacíos que representar. Interpretar es mantenerse flotando de relato en relato, sin la necesidad de echar raíces. Interpretar es, aquí, un bálsamo para quien no guarda recuerdos y busca refugio en el lugar en el que nacen todas las historias.

Cristina Aparicio

“Una vez me mataron hasta cuatro veces en el mismo día”, confirma Miyamatsu. El protagonista de Roleless muere una y otra vez en pantalla en las más diversas situaciones. Inteligentemente filmada para confundir realidad con ficción, la película japonesa juega a barajar siempre la duda de si lo que está mostrando es algo que le ocurre realmente al protagonista o de si, en cambio, solo se trata de otra de sus escenas de rodaje como extra de cine. Roreless lo hace sin colocar en plano, ni una sola vez, a las cámaras y demás equipos de filmación de la ficción dentro de la ficción. Al mismo tiempo, la cinta lo hace manejándose con un equilibrado toque de ironía aséptica cargada de una sensación de soledad en compañía y de la agria y empática resignación de poso triste de su personaje principal.

Desde una puesta en escena pausada y de profunda melancolía, el primer largometraje de Masahiko Sato, Yutaro Seki y Kentaro Hirase va descubriendo el conflicto de falta de identidad de Miyamatsu: un operario de teleférico de mediana edad que trabaja como actor para huir de su problema de pérdida de memoria. Demostrando la fuerza del conocido recurso de la ausencia puntual de todo sonido, la película se abraza al silencio y con ello sube de nivel. Esto sucede en el momento clave de recuperación de la memoria de Miyamatsu. El personaje fuma de perfil con la mirada baja y perdida mientras el ambiente sonoro desaparece. A continuación, se sucede el flashback sin artificios que da luz al recuerdo que tanto tiempo había conseguido bloquear. Luego, volvemos a la imagen del fumador al que observamos mientras todo cobra sentido en su cabeza. Tan solo una escena antes de este instante crucial, de genuino parecido a la realidad psicológica humana, la película ya había expuesto su sencilla manera de expresar un recuerdo de esta misma forma: como esa imagen silente y fugaz que se entiende como entresacada directamente del cerebro de un personaje.

Roleless habla de trauma mientras construye tensión y palpitante ritmo interno sobre todo en sus planos estáticos. Poco tienen que decir los personajes que no se haya entendido ya con una imagen, con una sucesión de muertes fingidas o con una pareja de hermanos que se miran sin hablar.

Raquel Loredo