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En una de las primeras escenas de Chevalier Noir, Iman, uno de los dos hermanos protagonistas, tiene un accidente de moto. Nada más montarse en ella, la cámara pasa a adoptar su punto de vista y subjetiviza el trayecto de este joven que está bajo los efectos de las drogas y el alcohol. Algo impacta contra él, y termina en el suelo. No será hasta que se acerque al pájaro moribundo causante del accidente cuando la cámara vuelva a su posición objetiva, justo a tiempo para mostrar cómo Iman recoge al animal y lo traslada a la cuneta. Hay películas que recurren a ciertos símbolos visuales, elementos que condensan un conflicto, una necesidad o una premonición, y que predisponen, sin revelar demasiado de la trama, lo que está a punto de suceder. Con esta inusual escena (que destaca dentro de una puesta en escena donde prevalece el plano secuencia y la cámara en mano muy próxima al cuerpo de los personajes), Emad Aleebrahim Dehkordi sitúa una marca dentro del relato. Aquí se anticipa un destino fatal, pero también se vislumbra un acto de bondad, de conciencia.

Chevalier Noir es un retrato de la juventud de Teherán, con sus claroscuros y contradicciones. Las panorámicas de la ciudad son el telón de fondo en la noche de Iman, quien de espaldas y en silencio observa sus casas, sus calles. No es casual que esa imagen se repita en varias ocasiones: aquí supura su soledad, su falta de horizonte, su complicada relación con su padre… En definitiva, un lugar en el que, a pesar de ofrecer tanto en contra, también ofrece la posibilidad de cambiar.

Cristina Aparicio