Carlos Losilla

El pasado de Bruno Dumont como profesor de filosofía ha generado no pocos equívocos, el menor de los cuales no es verlo como pensador de temas, de cuestiones filosóficas, cuando, en realidad, aquello que más le interesa es dar forma a una cierta filosofía de la imagen. En Rocas rojas, por lo tanto, son tan importantes los niños protagonistas como la manera de filmarlos. Decíamos a propósito de La deriva, el film de Tsai Ming-liang, que se trataba de ver cómo un cuerpo atravesaba el plano. En Rocas rojas, y seguramente en toda la filmografía de Dumont, quizá se trataría de experimentar el modo en que determinados cuerpos pueden habitar ciertos encuadres, o cómo los encuadres pueden contener cuerpos sin romperse ni romperlos. Por supuesto, el plano ya no puede ser el mismo y, como sucede aquí, pierde su estabilidad, su armonía: solo hay que ver, para comprobarlo, el contraste entre los planos iniciales, paisaje marinos más o menos ‘compuestos’, y el modo en que se desestabilizan cuando son sustituidos por planos con niños, con rostros de niños que se mueven y agitan sin orden ni concierto. Pues esa es la ‘filosofía’ de Dumont, una simple pregunta: ¿qué tiene que ver el orden del arte –o del cine– con el desorden de la vida?

Por eso Rocas rojas es una película tan emotiva, tan bella, tan llena de una plenitud que no sabemos de dónde viene ni adónde va. La infancia, en ella, es una fuerza más de la naturaleza, quizá esas ‘rocas rojas’ del título, rocas ígneas, fulgurantes. Es la vida sin limitaciones, el mundo que se desborda desde cuerpos mínimos. Los niños del film surgen del paisaje y vuelven a él, no atienden a otra ley que a la del universo físico. Y sin embargo no se trata aquí de hablar del Bien y el Mal –como hacía Dumont en L’Empire, por ejemplo, su película anterior–, sino de una energía que contiene a ambos sin mencionarlos porque, para la infancia, no existen. Y no se trata tampoco de mostrar la crueldad, el lado oscuro de la infancia, algo que el cine ha buscado como siempre con denuedo. Si algo distingue Rocas rojas es su desprecio por esas clasificaciones morales, por esas etiquetas, y su regreso a un cine igualmente sin barreras, que filma aquello que se le pone por delante sin juzgar ni valorar. Los niños se enamoran y se golpean, se comunican con sus códigos y toman decisiones incomprensibles porque es lo único que pueden hacer si no quieren traicionarse a sí mismos. Y la cámara de Dumont los sigue por carreteras y acantilados, intenta captarlos en su plenitud porque también es la misión del cine encuadrar comunidades, individuos, besos fugaces, chapuzones repentinos… Y ver cómo eso se hace y se deshace, se compone y recompone, como el agua del mar que le sirve de trasfondo. Captar ese movimiento y dárnoslo a ver. La infancia, el agua, la vida. Rocas rojas es una película de aventuras marinas. Rocas rojas podría ser una película de Howard Hawks o Raoul Walsh.