Carlos Losilla
Curiosamente, aquello que empezó como un ejercicio de despojamiento termina siendo un puro desbordamiento, valga la rima fácil. La serie de películas del ‘caminante’ de Tsai Ming-liang nació como un enfrentamiento entre la lentitud de una manera de andar y el mundo circundante, más bien dinámico y, por ende, sin sustancia. El monje que caminaba era el propio estilo de Tsai, llegado a un momento –tras la monumental Visage (2009)– en el que parecía incapaz de exprimirse más a sí mismo y, por lo tanto, atrapado en una especie de callejón sin salida que a la vez era una cima: el plano como esencia de lo que no puede tenerla, el cine. ¿Qué hacer a partir de ahí? Esta última entrega, La deriva, parece desmentir ese origen: lo importante no es la lentitud, ni el dinamismo, sino la manera en que se atraviesan una y otro; lo importante es la manera en que un cuerpo que anda despacio cruza un plano que contiene otros ritmos. Pregunta sobre la abstracción, esta es también una cuestión que atañe al cine como arte del encuadre: ¿qué significa pensar en un plano que siempre anda modificándose, aunque solo sea por la acción de una figura?
Si La deriva me interesa, más allá del cansancio que pueda llegar a provocar la fórmula, es porque en ella he visto por fin que ese cuerpo, en el fondo, es una mancha de color. El rojo de la túnica que viste Lee Kang-Sheng atrae la mirada como algo que se desplaza y, de alguna manera, nos dice dónde llegar para poder ver. La sencillez de los primeros ‘walkers’ se convierte así en una sombra que emborrona y, en consecuencia, satura. La repetición de la jugada por parte de Tsai hace que todas las ciudades se confundan y acabe filmándolas en función de esa silueta emborronada que en La deriva atraviesa San Sebastián y otros enclaves vascos. No me interesa la población, ni lo que el monje delata, sino la conversión de la sencillez en complejidad: es imposible deshacerse de aquello que implica un plano, de modo que toda imagen cinematográfica acaba siendo más o menos barroca. Al final, Tsai recurre de nuevo a un rostro de mujer y una canción de Chavela Vargas, como confesión de que esa sencillez ya la había encontrado antes, en sus películas anteriores al primer ‘walker’. De ahí que el monje se encuentre como atrapado en un túnel, frente a algo que no sabe muy bien qué es. Esta es una película sobre el agotamiento de lo que una vez fue un intento de liberación.











