Felipe Rodríguez Torres
El punto de partida de Good Boy es verdaderamente tramposo y a la vez sumamente efectivo. A partir de una puesta en escena urbana, que parece una fusión de los estilos de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), Irreversible (Gaspar Noé, 2002) y El odio (Mathieu Kassovitz, 1995), seguimos la particular noche de un joven bully, que podría ser el protagonista de una novela de Bret Easton Ellis si este último no centrara su mirada en la alta sociedad estadounidense. Pero como si se tratase de Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, tras ese prólogo, el film cambia de estilo y tono, incluso de localización y protagonistas, acercándose al relato gótico, tanto en ambientación como en escenarios, para descubrirnos que el eje de ambos extremos de la cinta es ese personaje masculino.
Todo este trampantojo le sirve al cineasta polaco Jan Komasa, en su octavo largometraje, para construir un relato ambiguo, donde dos extremos del mundo actual se tocan: aquellos que prefieren anestesiarse con alcohol y drogas para aislarse de una sociedad inhumana y aquellos que prefieren encerrarse en un pasado aparentemente idílico y supuestamente puro, alejándose totalmente de la realidad. Todo ello bajo las formas de un home invasion invertido, cercano en sus intenciones a trabajos recientes como Heretic (2024), de Scott Beck y Bryan Woods, o Déjame salir (2017), de Jordan Peele, y utilizando los códigos más reconocibles de la distopía social contemporánea, al estilo de lo que lleva haciendo durante siete temporadas Charlie Brooker en Black Mirror (2011-act).
Este último referente es el más importante para entender el porqué Black Mirror triunfa donde Good Boy pierde el paso. Los relatos televisivos de Brooker funcionan –en el mejor de los casos– como mecanismos de relojería gracias a su ajustada duración de 50-60 minutos. Good Boy se alarga a los 100, por lo que necesita de derivas narrativas que no llevan a ningún lado más que para hacer avanzar abruptamente el relato, caso de la subtrama de la limpiadora del hogar que enlaza las dos partes de la cinta y que termina de manera sumamente abrupta e innecesaria para el devenir de los acontecimientos. Un desenlace que culmina con una ambigua secuencia final, que reconstruye aquello que conocíamos del relato, acercándolo peligrosamente a moralismos ultraconservadores que remiten al subgénero de venganza, en concreto a la saga Yo soy la justicia, protagonizada por el reaccionario Charles Bronson.











