Print Friendly, PDF & Email

Unas hojas de papel, que contienen cuanto la historiografía ha recogido de la escritora Suzanne Césaire, se vuelan de la rampa de un camión de producción. Durante la película, vemos cómo estas hojas se mueven, se desplazan, siendo progresivamente engullidas por la naturaleza de Martinica. “La naturaleza es ambivalente” afirma Césaire, “herramienta de camuflaje de la realidad colonial”. Para Hunt-Ehrlich, la naturaleza es un personaje más del film, divinizado y omnipresente, piedra de toque desde la que disolver el archivo histórico y reinventarlo. La naturaleza se ha comido lo que existía, ¿y ahora qué?

Suzanne Césaire fue una escritora, profesora y activista, natural de Martinica, conocida por ser, en 1941, la cofundadora de la revista Tropiques. En contacto con el surrealismo, Tropiques se caracterizó por la intención de crear una identidad y una voz literaria caribeñas distintivas, y por sus valores anticoloniales. Césaire publicó un total de siete ensayos, todos fundamentales. Sin embargo, la historia parece haberla dejado de lado, y son sus colegas de editorial los que ostentan el crédito de los logros obtenidos por la revista.

Es el rodaje de “una escritora que no quiere ser recordada” el que invade la selva, y perturba el paraíso como la propia película perturba la memoria histórica. Es un juego metacinematográfico: una actriz lee los escritos de Suzanne Césaire y la interpreta en otro nivel metadiegético. Y en esa deconstrucción del hecho fílmico debió surgir la pregunta antes expuesta: ¿y ahora qué? En su anterior trabajo, Conspiracy, Madeleine Hunt-Ehrlich expone sus preocupaciones por la representación del cuerpo negro femenino, abonándose a una suerte de destrucción/reconstrucción. Ese mismo proceso hace aquí con el biopic. Puede que haya una realidad más justa con la figura de Suzanne Césaire, creámosla.

En una clara maniera surrealista, la actriz se funde progresivamente con el personaje que interpreta. La conciencia compartida de la femineidad, catalizada por la experiencia de la maternidad, diluye las líneas entre niveles, constituyendo la actriz el trasunto de la escritora, de su espíritu, que regresa para vivir aquello que imagina Hunt-Ehrlich. Los nuevos fragmentos de ‘vida’ pertenecen al ámbito privado de la escritora –nueva categoría revindicada en eso de repensar la historia–, y significan tanto por lo que son como por lo que no son. Y esto es el canon histórico, aquel que oculta la voz femenina. Por tanto, ¿y ahora qué? Realidades nuevas demandan formas nuevas. The Ballad of Suzanne Césaire o la reconstrucción del biopic. Adrián Guerrero del Carmen

 

“Estamos haciendo una película sobre una artista que no quiso ser recordada”, pronuncia la actriz principal Zita Hanrot rompiendo la cuarta pared. Alrededor de esta frase gira el primer largometraje de la directora Madeleine Hunt-Ehrlich. La cineasta estadounidense ya había presentado en cortometrajes anteriores su interés en mostrar relatos de mujeres negras desde el surrealismo. Aquí rescata la figura de Suzanne Césaire. Activista anticolonial nacida en Martinica, se ensombreció con el paso del tiempo como reza la citada frase. Solamente escribió desde 1941 hasta 1945, durante la ocupación de las colonias francesas por el régimen de Vichy. También desde un surrealismo poético, su literatura buscó canibalizar la estrategia occidental de exotización y dominio del hábitat caribeño.

Madeleine Hunt-Ehrlich busca los límites de un género documental que hasta hace poco se consideraba estanco, pero que ahora es permeado por formas ficcionales. En este biopic presenciamos una deconstrucción del relato histórico, eludiendo la superficialidad biográfica para poner en valor lo realmente importante, el legado de la escritora caribeña. Y se hace precisamente desde ese nexo surrealista entre ambas artistas, un meta-arte que permite imaginar alternativas que no limiten la libertad. La cineasta cartografía en imágenes los elementos naturales igual que lo haría la escritora con su eco-poética. A través del sonido ambiente y de largos planos generales, nos sitúa en ese ecosistema onírico que para Suzanne Césaire era imposible de ser capturado por la mirada occidental.

Pero el film no solo trata de actualizar este legado anticolonial. Rompiendo esa cuarta pared nos descubre la metaficción de unos actores que reflexionan sobre sus personajes. Ahondamos en la figura de Suzanne y la opresión que vivió por ser mujer. Desde la fetichización erotizada de André Breton a una defensa de la negritud demasiado falocéntrica por parte de su propio marido, Aimé Césaire. La relación entre los tres se presenta también con formas surrealistas. Una disociación de la imagen y del sonido vivifica los pensamientos de Suzanne. Un caballo como simbólico poder femenino que se desvanece una vez percibe la desconexión con su marido. Y finalmente, una mujer que se repliega y oculta tras un esposo cuyas aspiraciones políticas no eran compatibles con ese ecofeminismo que buscaba la liberación en la interdependencia entre entorno natural y humanidad. Javier Irastorza