El peso de una ausencia, la angustia por la desaparición o la falta, sean estas accidentales o resultado de una decisión consciente, fruto de una muerte, de una huida o simplemente como algo no causal, que no busca ser explicado, atraviesa tres de las películas que destacamos en este número de Caiman CdC. Porque es la desaparición repentina e insospechada de Milena (Kasia Kapcia) la que motiva el viaje de Fernando (Manolo Solo) en Una quinta portuguesa, la película de Avelina Prat; y es el duelo por la muerte prematura e inesperada del marido y el padre, el que sirve de detonante en el proceso de búsqueda y transformación individual y conjunta que protagonizan Delia (Antonia Zegers) y su hija Anabel (Elvira Lara) en Los tortuga, el film de Belén Funes. La ausencia intermitente de Antonio (Enric Auquer), el cuñado de Ana (Loreto Mauleón) en La buena letra, de Celia Rico Clavellino, será esencial como detonante del particular conflicto existencial de esta mujer. En todos los casos, además, esa falta, como origen del desconcierto, del dolor y la aflicción, desencadena en los protagonistas un proceso de exploración identitario que pasa por el otro, por la mirada reflejada, como mecanismo de reconocimiento propio. Y así, en Una quinta portuguesa Fernando se hace pasar por Manuel (Xavi Mira) para asumir una nueva identidad, en Los tortuga Anabel y su madre se reencuentran a sí mismas al verse reflejadas la una en la otra y, finalmente, en La buena letra, Ana querría parecerse más a la mujer moderna que representa Isabel (Ana Rujas) hasta que comprende que las dos viven encerradas en un contexto social y político del que les es imposible escapar. En todos los casos el hogar, la casa, entendida en sentido amplio (literal o figurado) funciona como armazón sobre el que se sostienen los particulares laberintos vitales y emocionales de los personajes. Es así en la exuberante y magnética quinta portuguesa del film de Prat, en la que los vivos cohabitan con los fantasmas; pero lo es también en la vivienda precaria de Barcelona donde viven las protagonistas de la película de Funes y a través de la cual se evidencia el peso que la explotación inmobiliaria más salvaje ejerce sobre sus vidas. La casa de Ana en la cinta de Rico Clavellino es refugio pero también cárcel, es el lugar de los cuidados y de lo íntimo y al mismo tiempo es el espacio desde donde se coartan todos sus deseos, sueños y aspiraciones…
Y quizá nos gustaría quedarnos un rato más pensando en los vínculos que relacionan estos tres particulares universos de ficción, estos refugios provisionales y transitorios que las películas son a veces, pero ahí fuera sigue sucediendo la más urgente, devastadora y aterradora de las realidades. Israel ha asesinado ya a más de 51.200 palestinos desde 2023, se estima que aún hay 31.000 cadáveres por recuperar de lugares inaccesibles, más de 345.000 personas se encuentran en la fase 5 de hambruna (que supone la inanición total, según datos de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas), se siguen atacando hospitales y la ayuda humanitaria permanece bloqueada desde el 2 de marzo. Quizá se trate del peor momento de este genocidio programado, sistemático e infame y desde nuestras páginas volvemos la vista hacia ello una vez más, ya ni siquiera en busca de las respuestas imposibles a tanto horror, pero sí quizá por el consuelo que la reflexión compartida pueda ofrecer. Lo hacemos a través de la voz y la obra del cineasta palestino Kamal Aljafari que explica, en la entrevista que aquí publicamos, cómo su primer acercamiento al cine se produjo precisamente durante el inicio de la primera intifada, cuando él era apenas un adolescente y junto a la revuelta, las protestas, la lucha y la desobediencia, surgía en paralelo todo un activo movimiento cultural y artístico. “Me di cuenta de que ser cineasta, especialmente en mi caso como palestino, es un acto revolucionario que consiste en romper las limitaciones que te imponen, el marco en el que te encajonan. Entiendo el cine como un lenguaje que me ayuda a definir quién soy y a expresarme de un modo que, por supuesto, también es político”. Junto a Aljafari reivindicamos aquí de nuevo la posibilidad de entender el cine (el arte) como espacio posible de lucha y transformación y de defender el valor de las imágenes como prueba de una verdad histórica y herramienta de resistencia frente a los intentos deshumanos de borrado de un pueblo.
Jara Yáñez








