Eulàlia Iglesias
La primera película ruandesa en estrenarse en el Festival de Canes aborda las heridas del genocidio contra los tutsi que tuvo lugar en 1994, a partir de los juicios populares y los procesos de reparación que se han llevado a cabo en el país. Procesos en su mayoría protagonizados y gestionados por mujeres porque, entre otras causas y como comenta un personaje, los hombres de cierta edad o están muertos o en la cárcel. El primer largometraje de Marie Clémentine Dusabejambo tiene lugar en 2012 y pone en el centro a una mediadora, Vénéranda (Clémentine U. Nyirinkindi), que impulsa las reuniones entre mujeres de diferentes etnias, víctimas y victimarias, para facilitar la reconciliación en el país, sobre todo de cara a las nuevas generaciones. Los encuentros permiten que sus participantes compartan experiencias brutales que raramente han explicado en público por vergüenza, instinto de supervivencia o porque nadie las escuchaba. Cada una lleva sus heridas de diferente manera, desde la madre tapada con un velo negro cual fantasma que sigue preparando cada día la cena para sus cinco hijos muertos, hasta la hermana de Vénéranda, que no perdona a los vecinos que participaron en el asesinato de su marido. Las reuniones también abren interrogantes sobre el alcance del perdón o la necesidad de una justicia que otorgue a las víctimas el consuelo que los asesinos no han quedado impunes.
Ben’Imana combina la dimensión histórica y colectiva de estos procesos, con la historia personal y familiar de Vénéranda. Por un lado, su anciana madre se viste elegante cada día a la espera de que regrese su marido, que desapareció en los años setenta. Sin embargo, ella sigue recibiendo cartas donde el hombre le promete que retornará pronto. Por el otro, la hija adolescente de Vénéranda ha heredado de su madre el espíritu contestatario, y encabeza las manifestaciones escolares para conseguir becas a los estudiantes. Pero también se acaba de quedar embarazada de su novio, lo que provoca un descalabro en el hogar, porque Vénéranda no tolera que su hija se convierta en madre soltera. El film refleja así los ecos de diferentes etapas de la historia del país en tres generaciones diferentes de mujeres: la anciana abuela estancada en un tiempo pasado, que ha perdido la voz y la palabra, la madre que lucha para que su hija (que no sabe quién es su padre) no sufra las consecuencias del genocidio, y la joven que contempla cómo su madre no tolera que tome sus propias decisiones.
Dusabejambo equilibra e integra de forma orgánica estas dos vertientes. La reconstrucción tanto de los juicios populares como de los encuentros reparatorios está llevada a cabo con un rigor y una naturalidad a veces ausentes en este tipo de dramatizaciones. La directora demuestra su talento para un cine de la escucha que sabe recoger tanto las dinámicas más dialécticas de las discusiones como el sentido más profundo de los testimonios individuales. Mientras que las subtramas melodramáticas de Vénéranda y su hija permiten que la película también se acerque a la cotidianidad más individual y familiar de los personajes. Una más que estimable ópera prima que aborda desde una sencilla complejidad la Ruanda post genocidio.








