Àngel Quintana
Todo empezó en 1995, cuando el cineasta Alain Cavalier encontró a su compañera Françoise Widhoff y ambos decidieron filmar, con una pequeña cámara mini-DV, La Rencontre. Aquella película hablaba de su relación amorosa cotidiana, de los objetos que habitaban sus vidas y de sus viajes compartidos. Pero, sobre todo, inauguraba un nuevo camino en la obra de Cavalier, basado en la realización de un diario cinematográfico, realizado al margen de la industria y guiado por el placer de filmar rostros, gestos y pequeños instantes de la existencia. A partir de entonces, la obra de Cavalier se fue convirtiendo en un vasto diario personal donde la vida y el cine acabaron confundiéndose. Ese trayecto cristalizó en películas como Le Filmeur (2005), donde aparecía ya la amenaza de un cáncer de piel; Irène (2009), elegía dedicada a su primera compañera, Irène Tunc, fallecida en un accidente de automóvil; o Être vivant et le savoir (2019), centrada en la amistad con la escritora Emmanuèle Bernheim durante los últimos meses de su enfermedad. En todas ellas, Cavalier transforma la experiencia íntima en materia cinematográfica y convierte la cámara en una herramienta para preservar la memoria y combatir el olvido.
Merci d’être venu constituye el último capítulo de este gran diario filmado. Presentada cuando el cineasta ha cumplido ya 94 años, la película adquiere el tono de una despedida lúcida y serena. El propio Cavalier parece consciente de estar cerrando una obra única dentro del cine contemporáneo, una filmografía construida desde la modestia de los medios y la radicalidad de la proximidad. La imagen final muestra al cineasta envolviendo cuidadosamente su cámara, atrapando el gesto de alguien que guarda el instrumento con el que ha observado y amado el mundo durante décadas. La película abarca aproximadamente quince años de la vida de Cavalier y de Françoise Widhoff. Arranca en el momento en que el director presenta en Cannes Pater (2011), su singular ficción política protagonizada junto a Vincent Lindon, y se extiende hasta el presente. A lo largo de este periodo, Cavalier filma fragmentos de su vida cotidiana atravesados por el miedo a la muerte, pero también por una intensa afirmación de la vida. La desaparición de personas cercanas –como Emmanuèle Bernheim o su propio hermano mayor– convive con viajes, conversaciones, operaciones médicas, visitas al hospital, paisajes que le emocionan y pequeños momentos de intimidad compartidos con Françoise. En esas escenas mínimas emerge toda la grandeza del cine de Cavalier. Su mirada transforma lo cotidiano en una experiencia de extraordinaria densidad emocional. Con un humor delicado y una curiosidad intacta hacia los otros, el director conversa con amigos, vecinos, médicos o desconocidos, intercambiando recuerdos y pensamientos como si cada encuentro pudiera contener todavía una revelación.
La apariencia de Merci d’être venu es la de una auténtica home movie, pero en ella no existe ningún rastro de amateurismo. Muy al contrario, la película demuestra una depuración formal extrema y una profunda sabiduría cinematográfica. Cavalier ha convertido la ligereza de la cámara digital en una ética y en una estética de la proximidad. Cada plano parece guiado por la necesidad de capturar un instante antes de que desaparezca, de embalsamar la vida para hacerla durar un poco más. Después de más de seis décadas de carrera, Alain Cavalier culmina así una de las aventuras más singulares del cine francés contemporáneo. Merci d’être venu no solo es el cierre de un diario íntimo, sino también una conmovedora reflexión sobre el tiempo, la memoria y el propio acto de filmar.








