Carlos F. Heredero
¿Cómo enfrentarse a la sobrevenida vocación religiosa de una adolescente de diecisiete años que quiere ingresar en un convento para convertirse en monja de clausura? Esta es la pregunta que Alauda Ruiz de Azúa plantea a dos personajes que su guion convierte en antagonistas (el padre tolerante y comprensivo; la tía de militancia atea) y, también, a los espectadores de su película. El debate está servido, y en el medio se queda, ¡ay! la joven Ainara, que permanece por completo opaca y enigmática, pues es una figura que carece de construcción interna en la película o, por decirlo de otra manera, que en realidad no existe como personaje, porque no sabemos absolutamente nada de ella: ni qué carácter tiene, ni cómo es, ni qué le impulsa en realidad a tomar esa decisión. Y esa carencia de construcción dramática abre un agujero negro en medio de un film que convierte a su protagonista en un ser angélico y espiritual, literalmente incomprensible para los espectadores.
Tampoco ayudan otros elementos del guion que parecen introducidos con calzador: la nueva novia del padre, el errático comportamiento de este cuando descubre a su hija besuqueándose con un chico (una reacción que está ‘fuera’ por completo del registro en el que se mueve su personaje), la trama de la hipoteca y de la herencia que enfrenta a los dos hermanos y, last but not least, la impostada caracterización final de la tía como un personaje airado y rencoroso, profundamente antipático para el espectador cuando pierde los papeles con su sobrina. La directora no parece confiar ni en un padre incapaz de asumir responsabilidades ni en el personaje encargado de introducir un pensamiento razonable en la disyuntiva planteada, lo que deja a Ainara (un mera oquedad como personaje) convertida en la única figura en la que parece depositar sus esperanzas, lo que inevitablemente nos arroja a nosotros, sus espectadores, a un completo vacío. Este errático discurso es, a la postre, resultado inevitable de una puesta en escena convencional y de una planificación mecánica (poco más que una artesanal y fluida ilustración del guion), cuando el debate planteado (vocación religiosa / racionalidad laica) exigía una depuración, un rigor y una radicalidad que le son por completo ajenas a la naturaleza de la propuesta. Todo ello convierte a Los domingos en una fácilmente manipulable película para reclutar vocaciones en las parroquias. O, también, en un film cuya impersonal puesta en escena hace que nunca sepamos cuál es exactamente su discurso, ni su mirada sobre el conflicto planteado.











