Recuperar lo perdido
Maira Castillo
En la noche conviven las penumbras, los desvelos, las risas borrachas, el desenfreno, la oscuridad y la luz artificial. Pero, sobre todo, se contienen falsos silencios. Simulando los ojos de un ave posada en el cableado eléctrico, o encima de la rama de un árbol, Singing of the Evening Stars (Iris Sang, 2026) observa el silencio individual de aquellos que se mueven por las calles de la ciudad, creando un bullicio colectivo bajo la solemnidad de la Luna. En su andar, un hombre es observado desde las alturas, como un pájaro que planea sobre su cabeza. A través de un plano aéreo, el cortometraje deja a la persona en segundo lugar, empequeñeciendo al ser humano dentro de la inmensidad de la metrópoli. Así, la cámara entra en la visión del ave, en la sensación de volar, pero también en la decisión de detenerse.
Guiado por el canto de los pájaros, las imágenes emprenden un viaje al pasado, a lo que fue reemplazado por edificios y asfalto. Al igual que los autos, el movimiento se desvanece, conteniendo en aquellas luces parpadeantes todo lo que se perdió tras la intervención del hombre en la naturaleza. Bajo una premisa que podría resultar melancólica, la obra de Iris Sang trata la vida con belleza. De esta manera, la película saca al espectador del ruido urbano y lo transporta al origen, a las formas y colores que simplemente fluyen por la atmósfera. Como una burbuja que aísla lo que hay en su interior, los sonidos animales crean una sensación envolvente, abstrayéndose de lo que sucede en el exterior. Unos minutos de paz antes de regresar a los bulliciosos sonidos de la civilización nocturna.
El film se sitúa en Bunker Hill, en Los Ángeles, pero podría ser cualquier localidad que un día fue verde. Las aves, el mar y las olas se desplazan por los terrenos de la Tierra, cada vez más reducidos, saturados por edificios y automóviles que recorren el pavimento que tiempo atrás fue río. Sin crear un gran alboroto de melancolía, Singing of the Evening Stars retrata la transformación inevitable de todo lo que fluye. No es una rememoración nostálgica, sino más bien una inmersión en las formas en movimiento que simulan el núcleo de la sociedad. El cortometraje añora lo que ha desaparecido; la calidez que transmiten los pájaros, la tranquilidad en el correr del agua, y la oscuridad natural que queda al extinguir los focos artificiales. Bajo el carácter solitario y monótono en el desplazamiento nocturno de los vehículos, la película vacía la ciudad, la descompone y crea una pausa para escuchar el ruido interior, haciendo posible la idea de regresar al pasado.
Ecos de una naturaleza de época
Natalia Hermens Fernández
“El pasado es algo curioso. Te acompaña en todo momento. Entonces, una imagen, un sonido o un olor te transportan, y el pasado no solo vuelve a tu mente, sino que realmente te encuentras EN el pasado”, con esta cita que suena a Proust, pero que realmente está extraída de la novela Subir a por aire (George Orwell, 1939), abre Iris Sang su nuevo cortometraje Singing of the Evening Stars (2026), que, más allá de una declaración de intenciones, invita a escuchar aquello que la ciudad decidió reemplazar.
La cámara recorre distintos paisajes urbanos de la ciudad de Los Ángeles, que, al contrario de la hipérbole visual de luces de neón resplandecientes, avenidas concurridas y la prosperidad del sueño americano, muestra aparcamientos desiertos y calles transitorias, donde es de noche, pero no hay vida nocturna. Sin embargo, con la aparición del título del cortometraje, unas letras azules que emergen con un movimiento fluido que genera la impresión de estar flotando sobre la superficie del agua, Sang deja una primera pista sobre aquel paisaje natural que el ‘progreso’ urbano ha sacrificado. Asimismo, el encuadre de la cámara, una perspectiva cenital cuyo término técnico irónicamente se traduce en alemán e inglés, literalmente, a vista de pájaro, anticipa a los protagonistas ausentes que antes habitaban estos espacios y ahora son imposibles de encontrar, pero que, mediante un sueño de un hombre dormido en la calle vuelven a ocupar el espacio a través de lo sonoro.
La aparición gradual de cantos de múltiples especies de aves y pájaros, de un río perdido, y de un ecosistema que antes formaba parte de la ciudad, invita a recordar un Los Ángeles olvidado y, en relación a las imágenes, inimaginable. Al situar esta evocación sonora en el estado y contexto liminal del sueño, Sang suspende momentáneamente la lógica funcional y productiva que organiza y desvitaliza el espacio urbano sin caer en lo explícito. La revelación final de que este paisaje sonoro ha sido construido con grabaciones de especies extintas o amenazadas resignifica retrospectivamente toda la experiencia auditiva y convierte el cortometraje, en cierto modo, en una película de época construida desde el sonido. En consecuencia, el espectador experimenta una nostalgia por una realidad que nunca ha llegado a vivir y de la que es consciente de que es imposible de recuperar. Mediante la ausencia, la disonancia entre imagen contemporánea y ecos sonoros del pasado, Singing of the Evening Stars construye una superposición de tiempos históricos que cuestiona la aparente solidez y mejora de la modernidad, convirtiendo la escucha en un ejercicio de imaginación histórica que recuerda ecosistemas, culturas y comunidades desplazadas y pisadas por el cemento.








