Àngel Quintana

Cualquier persona que haya asistido a algún concierto de Rosario, sabe que entre canción y canción habrá un momento en el que hablará de su hermano Antonio y se pondrá a cantar No dudaría, un tema compuesto y grabado por su hermano en 1980 que ha acabado convirtiéndose en un hit de Rosario. Treinta años después de que el mes de mayo se conmemorara la muerte del músico, acaecida catorce días después de la de su madre, Lola Flores. Como su título constata, Flores para Antonio es una película homenaje a aquel músico que fue arropado en una familia de famosos y que acabó dando forma y carisma al despego artístico de su hermana Rosario. La película no cuestiona el mito, lo amplifica a partir de una especie de búsqueda en torno a dibujos, fotografías, cintas musicales, grabaciones musicales. Hay una necesidad de sacar a la luz algo más de la persona que se esconde tras el mito, pero sin alterarlo en ningún momento. Elena Molina e Isaki Lacuesta juegan con un collage de elementos múltiples, llevan a cabo un complejo montaje, pero en ningún momento llegan a plantear las contradicciones de esa familia, que en palabras de la cantante Silvia Pérez Cruz, se acabó empeñando en poner banda sonora a la vida española.

Flores para Antonio no puede ser una película hecha desde la distancia, ya que está hecha desde dentro y la construcción del punto de vista constituye su aspecto más contradictorio, pero, quizás, también su mejor hallazgo. La contradicción nace en que santifica a una familia que durante muchos años no ha cesado de ser santificada en todas las revistas del corazón. Como si en la historia de este clan que surgió alimentado por los excesos folclóricos de la verborrea de Lola Flores se encontrara la esencia de cierto show business ibérico. El acierto viene determinado por el subtítulo que la define como “una película de conversaciones pendientes”. Como Carla Simón en Romería, Alba Flores, la hija de Antonio, también quiere saber quién fue su padre muerto por culpa de la heroína y también quiere descubrir algunas cosas que nunca fueron planteadas en el interior de la familia. La mirada que adopta la película es la de Alba Flores y en ella podría haber algo que sobrepasara a la familia y que tuviera que ver con las preguntas que actualmente se formula una generación en torno a quiénes fueron sus padres. Alba reúne a sus tías, Lolita y Rosario, consigue que su madre Ana Villa rompa su silencio o que los amigos de su padre cuenten algunas cosas. Antonio Flores aparece como un músico enamorado del rock. Silvia Pérez Cruz o Joaquín Sabina glosan la figura del intérprete. Sus compañeros de la banda o de la infancia informan sobre la inestabilidad del hermano y, casi de pasada, se dice que en los ochenta una persona de cada quinientas era adicta a la heroína y que para Antonio fue una forma de calmar la angustia. La película no lleva a cabo una exploración generacional, ni una investigación sobre lo que había tras la música de aquellos años, sino que se queda en un juego discreto de secretos de familia. Al final todo desemboca en dos imágenes de conciertos. La primera de la última actuación de Antonio en Pamplona pocos días después de haberse roto la mano de la rabia por la constatación de la muerte de su madre. La última es de un concierto homenaje a Antonio, en el que Alba Flores decide cantar No dudaría junto con su tía Rosario, ante un público en el que están presentes todas las caras que han dado vida al documental. La familia está siempre en el centro.