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Octubre, otra vez… Editorial

27 septiembre, 2017

Octubre, otra vez…
Carlos F. Heredero

Hoz

El 7 de noviembre de 1917 (lo que para los rusos era el 25 de octubre, según el calendario juliano por el que entonces se regían) se consumaba la toma del poder por parte de los sóviets que dirigían Lenin y Trostki. El acontecimiento, conocido luego como la ‘Revolución de Octubre’, inauguraba en términos históricos el convulso siglo XX y propiciaba, en la Rusia de los primeros años revolucionarios, una explosión creativa y vanguardista sin precedentes que el cine protagoniza en primera línea al lado de las corrientes más vivas de la poesía, la pintura, la música y el teatro.

De aquel ‘cine revolucionario’ surgieron numerosos creadores que todavía hoy tomamos como referencia inexcusable de una etapa vertiginosa en la historia del séptimo arte: Kuleshov, Vértov, Eisenstein, Pudovkin, Dovjenko,Protazánov, Trauberg, Kozintsev…, la nómina es amplia, y sus películas (El hombre de la cámara, El acorazado Potemkin, Octubre, La madre, Tempestad sobre Asia, La tierra, Arsenal, La nueva Babilonia, Aelita…) permanecen ahí como decisivos impulsores de la excepcional aceleración del tiempo histórico que, también en el territorio del cine, vivía la Rusia de los sóviets.

100 años después, la efeméride no puede pasarse por alto (muchas de aquellas luces siguen iluminando no pocas búsquedas vanguardistas de hoy), pero también es cierto que, tras las nuevas investigaciones de los historiadores y de los estudiosos más serios (publicadas en los últimos veinte años), ahora sabemos muchas más cosas de lo que realmente pasaba en el cine soviético de tales fechas y, sobre todo, empezamos a atisbar una cartografía más compleja, menos unívoca, más contradictoria y más plural de la producción fílmica y de las diferentes corrientes estéticas y culturales que recorrían sus imágenes, más allá del canon tradicional del ‘cine de montaje’.

Rememorar hoy aquel acontecimiento no puede, por tanto, limitarse a revisitar el panteón oficial consagrado por la historiografía clásica, ni tampoco caer en la gastada cinefilia de inventariar las películas posteriores que han hablado de la revolución. Ha pasado ya mucha agua bajo el puente y, si de alguna manera hemos de ser consecuentes con el impulso transgresor y revulsivo de aquellos cambios, eso nos exige levantar de nuevo las alfombras tradicionales y tratar de ver lo que el relato histórico hegemónico nos había ocultado o, simplemente, no nos había dejado ver con suficiente nitidez.

Por eso el artículo de Carlos Mugiro, la decisiva entrevista de Bernard Eisenschitz con Naum Kleiman y el texto de Carlos Losilla nos abren puertas para contemplar el cine ruso del periodo revolucionario con nuevas perspectivas, sacando a la luz obras, cineastas y relaciones en las que antes no habíamos reparado con suficiente interés. Y por eso creíamos también nuestro deber aportar algún documento novedoso o inédito en España (las cartas de Eisenstein a cineastas de Hollywood) y preguntarnos finalmente, con Àngel Quintana, por el reflejo y por la herencia de aquel momento revolucionario que pudieran rastrearse en el cine del presente.

Propósito historiográfico, por tanto, pero también consecuentemente crítico con la versión canónica del cine soviético. A fin de cuentas, si una revista de crítica no puede nunca rendir sus armas frente al discurso dominante (ya sea este el del mercado, o ya el de la tradicional y acomodada historiografía), menos que nunca lo puede hacer en esta efeméride revolucionaria. 100 años son más que suficientes para asomarnos sin miedo a otras visiones y a nuevas perspectivas sobre el torbellino fílmico que nace de Octubre.

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