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Carlos F. Heredero.

Decíamos ayer… Ha pasado un tórrido verano, las carteleras han sufrido un empacho calenturiento de banalidades, comienza el nuevo curso y nos encontramos, otra vez, con dos estrenos que nos devuelven al territorio del cine independiente americano. Allí donde Michael Mann y Gus Van Sant nos daban pie, el pasado mes de julio, para establecer un flagrante contraste entre dos modelos situados casi en las antípodas, ahora Quentin Tarantino y Jim Jarmusch vienen a propiciar una dicotomía no menos ostensible. Y ahora también, de nuevo, ese mismo contraste alberga en su propia naturaleza reveladoras y simultáneas pautas de confluencia y divergencia que merece la pena contemplar.

Se da la curiosa circunstancia de que tanto Malditos bastardos (Tarantino) como Los límites del control (Jarmusch) acceden a las salas españolas distribuidas por la misma y poderosa major y después de pasar, ambos cineastas, por el Festival de Sebastián, al que llegan acompañando a sus respectivas películas. Producida la primera bajo el paraguas del estridente tycoon independiente Harvey Weinstein (Miramax) y la segunda por el propio Jarmusch (Pointblank) y por una pequeña compañía japonesa (Entertainment Farm), con el respaldo financiero de Focus Features y James Schamus (colaborador habitual de Ang Lee y productor, a su vez, de Destino: Woodstock, otro estreno de septiembre), las dos películas surgen de impulsos industriales de muy diferente envergadura y se dirigen a segmentos de audiencia que comparten zonas comunes, pero que son muy distintos en su perfil y en su amplitud.

Las dos películas se ocupan de contar, a su vez, sendos itinerarios de venganza, pero lo hacen –como sugiere Adrian Martin– desde perspectivas narrativas y éticas prácticamente opuestas, de la misma manera que el estilo hiperbólico y exhibicionista de Tarantino contrasta con el introvertido vacío y con el despojamiento de Jarmusch (Jaime Pena dixit). Uno y otro afirman con voluntad de hierro sus respectivos universos fílmicos y apuestan con valentía casi kamikaze por diferentes, pero igualmente heterodoxas construcciones formales y narrativas. Son dos opciones, dos caminos que vienen a enriquecer ese paisaje heterogéneo que dibuja, hoy en día, el cine independiente americano.

Tarantino y Jarmusch ofrecen dos obras que –desde una perspectiva industrial– se sitúan en un territorio intermedio entre el Michael Mann de Enemigos públicos y el Gus Van Sant de Paranoid Park, pero las cuatro nos obligan a señalar, una vez más, la vitalidad creativa y la radical modernidad con las que se expresan diferentes opciones y estilos que arraigan en la producción norteamericana actual. Se puede no tener los medios que han sido puestos a disposición de Mann y de Tarantino, por supuesto, pero Gus Van Sant y Jim Jarmusch no han necesitado mucho dinero para atreverse a explorar caminos tan personales como estimulantes. Algo no demasiado diferente, en definitiva, de las condiciones en las que trabajan y del riesgo que asumen, en España, otros cineastas presentes también en San Sebastián, como Isaki Lacuesta y Javier Rebollo, a los que sin duda será necesario volver el mes que viene.