Jara Yáñez
“No hay vida para nadie sin lugar para vivir”, dijo Lucrecia Martel en la presentación de Nuestra tierra en el Festival de Venecia. Una afirmación que resuena, obviamente, en el discurso de su película, pero que lo hace también en la realidad actual de lugares como Ucrania o Gaza. Y quizá efectivamente hay una cierta voluntad universalista en parte del discurso de un film que arranca con los planos satelitales de la Tierra vista desde el espacio mientras una voz en off pide que la humanidad se salve.
Hace catorce años que Martel trabaja en este proyecto cuyo origen se encuentra en las imágenes grabadas en vídeo que recogen el asesinato del líder indígena Chocobar por parte del empresario Darío Amín, en 2009, en la comunidad de Chuschagasta de Tucumán (al norte de Argentina). Y los dilatadísimos tiempos de los procesos judiciales (el juicio no se llevó a cabo hasta 2018) que se encuentran en la base de los, a su vez, extendidos tiempos de producción de la propia película, propician que el seguimiento del caso, parte esencial de la propuesta, se vaya sin embargo disolviendo, perdiendo en el tiempo y en la estructura del film, para permitir que Nuestra tierra se abra entonces hacia otros territorios de exploración. La complejidad del conflicto territorial y postcolonial o de los perversos y profundos tentáculos del capitalismo, pero también de la lucha por la memoria, la identidad y la continuidad de la cultura indígena son asuntos centrales. Y para ello, toda una serie de imágenes aéreas del territorio, tomadas por un dron, se convierten en la posibilidad de tomar conciencia de la dimensión del territorio, pero también de los modos de habitarlo, dividirlo y explotarlo. Hay además todo un valiosísimo trabajo de documentación que recoge el testimonio de vida de algunos de los miembros de la comunidad de Chuschagasta que, junto a la recopilación de imágenes fotográficas personales, sirve como reparación posible frente al intento de borrado de toda una parte de la Historia y de la identidad de aquellas personas.
Finalmente Mercedes Sosa canta:
“Campesino, cuando tenga la tierra
Le pondré la luna en el bolsillo
Y saldré a pasear con los árboles y el silencio
Y los hombres y las mujeres conmigo
Cantaré… (cantaré), cantaré… cantaré… (cantaré)
Cantaré…”











