Cristina Aparicio
“Solo quiero sentirme mejor conmigo misma” declara Lea, la joven a punto de ingresar en un campamento dedicado a la salud y el bienestar, es decir, a perder peso. Esta es la premisa de Weightless, la ópera prima de Emilie Thalund, que se adentra en la terrible cultura de la dieta y el ideal corporal. Lea es el punto de vista elegido para contar esta historia: la cámara adopta la mirada de esta joven que observa minuciosamente y en silencio cada parte del cuerpo de los demás, mapeando a todos los que entran en su campo de visión, y la forma en que estos interactúan físicamente. Una decisión formal que evidencia esta elección de perspectiva: ver a través de los ojos de quien no encaja en un molde normativo que se estructura en cuatro rígidas categorías fisiológicas (delgado, normal, sobrepeso y obesidad). No será casual que sea en uno de sus ojos donde la cámara se detenga en un primerísimo primer plano en el instante en que se alcanza el clímax del relato. Esa inocente retina es el lugar desde donde empezar a construir la idea del mundo.
A pesar de la subjetividad desde la que está concebida esta historia, Weightless incide en la dimensión social de la tiranía del peso. La soledad, el rechazo, el acoso y la ansiedad son respectivamente causas y consecuencia de una ruleta de aceptación que empieza por el aspecto. Los espejos tendrán un lugar privilegiado dentro del encuadre, ese falso aliado donde se empieza a forjar la identidad. Aquí, en cambio, se utilizan con el sentido contrario al de aniquilador de autoestimas: es precisamente el reflejo en uno de ellos el que proyecta el momento de sororidad que necesitaba Lea en su búsqueda del bienestar. Un abrazo que devuelve al cuerpo su poder sanador: el de acompañar cuando los corazones están heridos.











