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A principios de este siglo, Joana Hadjithomas y Khalil Joreige se convirtieron en cineastas clave no solo para entender la renovación del cine político en zonas geográficas hasta entonces ignoradas al respecto, en este caso Líbano, sino también en exploradores infatigables de una cuestión fundamental, entonces y ahora: lo que vemos y lo que no vemos respecto a una realidad pasada por el tamiz de los medios de comunicación, pero también de nuestra propia y siempre incierta mirada. En este sentido, y por mucho que se haya convertido en un film un tanto olvidado, por supuesto injustamente, Je veux voir (2006) sigue siendo la culminación de aquella etapa, una incursión en la última guerra de Líbano que contaba con Catherine Deneuve como desconcertado cicerone del horror. Y digo esto porque sin ello no puede entenderse Memory Box, el último trabajo de la pareja, una indagación formal a la vez estimulante y quizá un tanto fallida que intenta poner al día todas aquellas estrategias. Estamos simultáneamente, sea como fuere, ante un melodrama familiar que querría ser una reflexión sobre el estatuto de la imagen y ante un experimento que utiliza distintas texturas y tonalidades para dar a ver el hiato que separa lo que llamamos “realidad de los hechos” y el modo en que los canalizamos, explicamos y mostramos. En otras palabras: las distintas maneras en que puede ponerse en escena la memoria, uno de los temas estrella de esta edición del festival de Sevilla.

Todo parte de las cartas íntimas y personales que escribió Hadjithomas, en los 80, con el trasfondo de otra guerra libanesa, la que Israel desencadenó contra el país en aquella década, y que se toman como punto de partida para una ficción que nunca quiere renunciar a su condición de tal. En la primera parte, la madre de una adolescente de origen libanés que vive en Canadá, tras la muerte de una amiga de juventud, intercepta el envío de una caja que contiene material escrito y fotográfico al respecto e intenta reconstruir aquello que sucedió, las peripecias de su progenitora en medio de aquel desastre. Y ahí está lo mejor de Memory Box, pues Hadjithomas y Joreige entran en esas imágenes y las reinterpretan según el punto de vista de la hija, las manipulan al hilo de su subjetividad e incluso de sus referentes visuales, sobre todo desde el momento en que empieza a enviarlas a sus amigas utilizando su teléfono móvil. En la segunda mitad del film, sin embargo, todo eso va reconvirtiéndose progresivamente en una película bastante más convencional, culminada por un regreso a Líbano que a su vez quiere representar una especie de reconciliación no solo con el pasado, sino también con las heridas de la guerra. ¿De verdad  puede curarse el espanto? ¿Y son suficientes las fotos que toma la joven protagonista en el funeral de la amiga de su madre para seguir con el discurso iniciado antes? La verdad, no sé qué pensar. Por un lado, veo ese giro como una traición al espíritu inicial del film y también al de las primeras películas de Hadjithomas y Joreige. Por otro, ¿quién yo soy yo para juzgar en un asunto de tal complejidad y condenar ese tipo de decisiones, que además nunca caen en el moralismo o la autosuficiencia? En cualquier caso, Memory Box plantea dilemas que nos ponen en cuestión como espectadores. Y que habría que tener en cuenta, creo, para ver con otros ojos, como la adolescente protagonista, determinadas tendencias del cine de ahora.