La hibridación de culturas
Diego Aramburu-Zabala Medina
My Homeland (Tabarak Allah Abbas) parte del retrato de un contexto histórico reciente (la invasión de EEUU en Irak) para contar una historia sobre inmigración, opresión y búsqueda de libertad de una pareja que desea un futuro mejor para su hijo. Una historia que el director busca vincular a las vivencias de sus padres a través de la ciencia ficción y por medio de la animación.
La apuesta estética por un estilo y formas cercanas a la animación japonesa, el anime, le otorga un estilo reconocible, pero a su vez se entrelaza con la acción y la epopeya presente en la historia, géneros que son también muy propios del anime. Desde los collares que llevan a modo de opresión los personajes hasta las gemas en la frente, todos elementos puramente distópicos, recuerdan a obras como Ghost In The Shell (Mamoru Oshii, 1995), Evangelion (Hideaki Anno, 1995-1996) o Akira (Katsuhiro Ōtomo, 1988), por mencionar algunos de los títulos más icónicos, que tanto han ayudado a definir la iconografía del medio. La presencia de robots como antagonistas al servicio de un gobierno opresor destaca también en este sentido.
Pero este estilo también casa con una clara intención por parte del cineasta de honrar y homenajear el viaje de sus padres, porque al llevar precisamente a este terreno la historia la está dotando de cierta épica y familiaridad con el famoso viaje del héroe. Desde la música hasta las escenas de acción, todo parece engrandecer el objetivo de los padres ante la adversidad y los obstáculos que se les presentan. En este sentido, la historia funciona por lo emocional y lo puramente visual del relato, que progresivamente parece desprenderse del diálogo para centrarse en la acción más puramente visual.
La animación del cortometraje tiene gran valor por lo trabajada que está para dotar de dinamismo y expresividad tanto a los personajes como a las secuencias en sí. Posiblemente la segunda mitad del relato no tendría la misma resonancia o impacto, tal y como busca el cineasta, si no fuese por ese trabajo que logra colocar esa expresividad como gran valor del conjunto. Aunque claramente se nota que no ha podido llegar al nivel de elaboración de los grandes estudios japoneses a los que emula, sí lo convierte también en una seña de identidad que evita que sea un producto que meramente emula a otro. Precisamente por la importancia de la identidad cultural y política del relato este aspecto resulta importante.
My Homeland será una grata sorpresa no solo para los apasionados del anime, sino también para aquellos que busquen un relato capaz de aunar forma y fondo para hibridar distintas influencias.
La huida que se queda
David Castiella Morales
Como si intentase recoger los rastros de una vida interrumpida, la cámara de Tabarak Allah Abbas se pasea en los instantes iniciales por una historia quebrada: un cuadro de una familia se halla con el cristal roto y la destrucción silenciosa de una habitación en ruinas, con peceras iluminadas por luces que chisporrotean; dos planos replicados posteriormente para volver a significarlos. Con los intertítulos de los créditos como bisagra, se ejecuta un flashback en el cual se reconstruyen estos dos encuadres y los objetos que habitan en ellos. Así, Mawtini (My Homeland) convierte el acto cinematográfico en un ejercicio de memoria histórica: lo que la guerra fracturó, el cine lo recompone desde una animación que late al ritmo del recuerdo y la imaginación heredada.
Para ello, la directora torna a sus padres en cyborgs, no para separarlos de su humanidad, sino para revelar la forma en que el trauma puede desfigurar y ennoblecer los cuerpos en su respectivo choque con un conflicto superior a ellos. No pierden ternura ni coraje: sus padres se vuelven metáforas andantes de una resiliencia que desafía cinematográficamente al olvido.
En una segunda bisagra, la fábula universal se convierte en experiencia íntima. La película presenta en su final las imágenes de los padres de la directora, sustituyendo la frenética animación japonesa por lo estático de las diapositivas de carácter familiar. Es en este segundo movimiento cuando Abbas desmonta su propia estilización, los cuerpos metálicos desaparecen y lo que queda es el archivo. Humanizando el cuerpo real, se restaura el rostro de los que vivieron aquella odisea.
En este sentido, la directora debería haber dejado que las imágenes de My Homeland hablasen por sí solas, gracias a la fuerza de la animación que desborda los horrores que cuenta, ya que la voz narradora –identificada con la propia directora–, solo subraya el mensaje que ya contaban las imágenes por sí mismas.
La película de Abbas es el testimonio de una huida que decide quedarse. Lo que antes era velocidad, dinamismo y supervivencia en secuencias de acción samuráis, se convierte en memoria estática. No menos poderoso y pertinente, el film de la directora devuelve la metáfora al sujeto que la vivió y, por lo tanto, destruye la propia fábula que había creado: una vez fueron seres humanos con nombres, vidas, sueños y frustraciones.
Exilio bajo fuego
Abel Estellés Garcia
Hay cortometrajes que animan cuerpos y otros que animan memorias. Mawtini –la obra abrasadora de Tabarak Allah Abbas– usa el trazo digital para mostrar cómo una ciudad entera se desangra sin piedad. Una Bagdad de los años noventa, desfigurada por la guerra, se alza en la pantalla como ruina viviente: sus edificios oxidados respiran a través de capas digitales; los cielos grises se pliegan sobre los personajes, ahogándolos. No hay descanso en sus imágenes, solo huida.
Siham y Rakan caminan entre cenizas para escapar, pero la pregunta es: ¿De qué escapan? ¿Del enemigo? ¿Del aire contaminado? ¿De una máquina que devora la historia? El hijo que protegen –un bebé-cyborg marcado por la tecnología– es emblema de una humanidad colonizada hasta su centro. No es ciencia ficción, es alegoría política. La criatura es mitad promesa, mitad amenaza. Aquí, la animación trasciende lo estético, ya que se convierte en total lenguaje insurgente. Abbas modela su universo con trazos híbridos, fundiendo dibujo 2D con estructuras 3D para levantar un mundo que vibra entre lo real y lo simbólico. Las ciudades están dibujadas como testigos de guerras y los personajes flotan como espectros de una civilización quebrada, derruida… y, así, cada plano compone una coreografía del desarraigo. La animación y la memoria familiar confluyen en una experiencia emocional cargada de realidad. Esa impresión no es un halago superficial porque subraya el poder político de lo formal. My Homeland no documenta, inscribe el trauma en los contornos de lo visual. El cuerpo cyborg representa lo que nos queda después de la guerra: fragmentos que siguen intentando amar…
En su pulsión poética, Mawtini se inscribe con urgencia en el presente. Lo que vemos en su pantalla animada resuena con las imágenes silenciadas del genocidio en Gaza y de tantos otros. Como entonces y como ahora, son los niños los que primero caen y son las madres quienes huyen cargando la historia a sus espaldas. La ciencia ficción se convierte así en un espejo moral y refleja lo que sucede cuando los imperios sustituyen el rostro humano por el visor de un dron. Este cortometraje dejó la documentación para crear una denuncia formal con belleza. No explica, sino que revela con dolor. Es un canto dibujado que no solamente nos pregunta qué significa huir, sino también qué significa nacer y resistir dentro de un mundo donde el horror ya no es excepcional, sino estructural.








