Occidentalistas, eslavófilos y un jersey mágico en el drama surrealista de Yuri Semashko
Violetta Efimova
Más de tres años después de su inicio, la guerra entre Rusia y Ucrania por fin deja de ser una especie de tabú para los directores de cine de Europa del Este, y sus ecos suenan igual de inquietantes en la película bielorrusa The Swan Song of Fedor Ozerov (Yuri Semashko). La comedia dramática sobre la búsqueda mítica de la inspiración, con tramas igualmente míticas, se convirtió en el primer largometraje del director autodidacta bielorruso Yuri Semashko. Desde el punto de vista del cine del país, The Swan Song… supuso un auténtico gran avance tras haber recibido el Premio del Jurado de Lectores del periódico Tagesspiegel en el Festival Internacional de Cine de Berlín.
Todas las preocupaciones de Semashko sobre la identidad de su pueblo y su actitud hacia lo que ocurre en los países vecinos se plasman en la figura del protagonista, Fedor Ozerov (Vyacheslav Kmit). Él es literalmente la paradoja a la que se enfrentan cada vez más aquellos que no pueden decidir si quedarse en una patria tan peligrosa o emprender una emigración no menos aterradora. En The Swan Song…, Fedor es un joven músico a quien no le asusta tanto una posible Tercera Guerra Mundial como el hecho de que ahora no puede componer nuevas canciones sin su feliz jersey con margaritas. Ante la pérdida de su jersey, a Fedor no le preocupan especialmente las protestas contra la guerra que están a punto de tener lugar en la capital de Bielorrusia, Minsk; él ni siquiera oculta su postura apolítica. Curiosamente, Fedor es también el único personaje de la película que habla exclusivamente en bielorruso –tras el inicio de la guerra por parte de Rusia, muchos bielorrusos pasaron a utilizar su propio idioma, tratando de protestar, entre otras cosas, contra la influencia cultural de Rusia–. Tal dualidad e indiferencia, como muestra Semashko, tendrá sus consecuencias: el director envía a su personaje a una aventura surrealista, sumergiéndolo en el caos de su propia conciencia e incluso en el mismísimo infierno mítico de la Antigua Grecia, con ayuda de imágenes borrosas y escenas finales en blanco y negro, que parecen simbolizar también el final del propio Fedor Ozerov.
A pesar de la creciente inquietud de todos a su alrededor por un ataque nuclear, la imagen ‘pacífica’ de la margarita es un hilo conductor de la película. En la cultura de Europa del Este, es un símbolo de adivinación que, en el caso de The Swan Song, puede interpretarse como miedo o impotencia ante lo que depara el mañana. Yuri Semashko sitúa a su protagonista en un mundo propio, diferente a cualquier otro, y el propio Fedor, como muchos habitantes corrientes de Bielorrusia o incluso de Rusia, dista mucho de ser ideal, pero es genialmente realista. En esa imperfección, como señala uno de los personajes de la película, se esconde lo más genial que hay.
El arte al borde del abismo
Darío Guijarro Diéguez
The Swan Song of Fedor Ozerov es el debut del cineasta bielorruso Yuri Semashko, una alegoría futurista –o no tanto– que confronta la visión de la obsesión artística del músico Fedor Ozerov –un trasunto eslavo de Bob Dylan– con la del compromiso político de su hermana Nina, inmersos en la amenaza de la Tercera Guerra Mundial. Fuera de la ficción, la película parece cuestionar hasta qué punto el arte es valioso en un mundo en aparente estado de continuo desmoronamiento.
Un elenco de actores no profesionales unido al reducido presupuesto del film hacen del resultado un puro ejercicio de cine experimental. Al estar rodada con cámara en mano, se experimenta una sensación de dinamismo y movimiento a la par que cierta tensión en la imagen, la misma que siente Fedor en su búsqueda de la inspiración artística. Abundan los planos medios de los personajes, encuadrados desde ángulos altos o bajos, como si el director evitara mirarlos directamente en el mismo nivel, a los ojos. La cámara observa a Fedor desde cerca, siguiéndole por las habitaciones vacías de su casa o por la calle, frecuentemente de espaldas, como queriendo entender qué es lo que realmente le mueve en su firme decisión de ignorar el supuesto fin del mundo. Él mismo, de alguna manera, nos da la sencilla clave: “mejor morir con música”, con la misma melodía que entonan los cisnes antes de morir.
Como decía el teórico adscrito al formalismo ruso Viktor Shklovsky en su ensayo El arte como recurso, “El propósito del arte es el de impartir la sensación de las cosas como son percibidas y no como son sabidas (o concebidas)”, es decir, ‘extrañar’ al lector-espectador por medio de las formas, experimentando la “esencia artística de un objeto”, no siendo tan importante el objeto per se. Semashko utiliza en cierta medida esta técnica al imbuir de simbología iluminadora hacia el artista frustrado un simple jersey con margaritas –el objeto–, jugando acertadamente a hacer creer a la vez, a su protagonista y al espectador, una fantasía solo resuelta en el tramo final del film. El director navega durante el desenlace en la misma concepción con la referencia a la mitología griega de la mano de Orfeo y Eurídice; perfila una conclusión argumental-ideológica que puede leerse en términos políticos como un ataque al totalitarismo bielorruso, personificado en un tribunal del inframundo que dicta sentencia sobre algo tan imposible de juzgar como el desesperado canto final de un cisne.








