Carlos Losilla

Sound of Falling, Premio Especial del Jurado en Cannes compartido con Sirat, podría ser la solución a uno de los grandes desafíos del cine contemporáneo: ¿cómo hablar de feminismo desde un lenguaje cinematográfico radical, sin dejarse seducir por el mensaje o el discurso fácil? La película de Mascha Schilinski parece tener la respuesta, o una de ellas, pues se trata de un film de fantasmas contado desde la condición femenina, la más ‘fantasmagórica’ desde el momento en que ha sido también la más invisibilizada, la más ocultada, la más ignorada. ¿Y qué mejor que esas tres características para definir a los fantasmas? Pero no piensen que estamos ante un film de género. Al contrario, Sound of Falling quiere ser desde el principio un film de autor, un film d’art incluso. No hay narración propiamente dicha, sino una serie de viñetas, o escenas impresionistas, que elaboran el retrato de cuatro generaciones de mujeres a lo largo de la historia de Alemania desde la Primera Guerra Mundial a la actualidad. Y esa estrategia no sigue el camino del gran relato histórico o la saga, en absoluto el de la prosa, sino que más bien viene elaborado desde una estructura poética que utiliza incluso rimas y motivos visuales que se repiten una y otra vez para que sean las imágenes las que realmente tengan algo que ‘decir’.

Se trata, pues, de privilegiar el vacío, el mismo que se está convirtiendo en la figura retórica por excelencia de esta edición de Seminci. Y se trata igualmente de que ese vacío se apodere del film, de que lo convierta a su vez en algo que tiene que ver más con lo líquido o lo gaseoso que con lo sólido, otro rasgo fundamental de la entidad fantasmática. Para ello, Schilinski juega con la crónica rural, con la imaginería acuática y sobre todo con la fotografía como punto de partida: salvando de la desaparición y la muerte, la fotografía redime, pero también deja en evidencia una cierta figuración espectral, aquello que normalmente no vemos o solo vemos como algo huidizo y borroso. En este sentido, Sound of Falling utiliza constantemente esa peculiar identificación entre la mujer y su ausencia –forzosa, obligada, dictada por un cuerpo social excluyente– para culminar en un puzle al que le faltan piezas, en todos los sentidos. En el sentido positivo, digamos que esos agujeros representan un cine contemporáneo que ya no necesita de lo narrativo para desarrollarse, que está hecho de sensaciones entrecortadas, como la propia historia femenina. En el sentido negativo, sin embargo, en el film de Schilinski acostumbra a prevalecer una solemnidad expositiva que contradice esa presunta ligereza, como si no pudiera acercarse a los alrededores de una estética nueva sin proclamarla como tal. Y no se trataba de eso, sino más bien de apuntar, de esbozar, de decir que algo se está acercando sin que nos demos cuenta, una estrategia que la película no siempre sabe mantener.