Jara Yáñez
Distintas imágenes de archivo, de la demolición de grandes complejos de vivienda social brutalista en Birmingham (muy presentes en la memoria colectiva de la ciudad), puntúan el film de Clio Barnard en distintos momentos. Funcionan como un recuerdo compartido para los cinco amigos protagonistas: Rian, Conor, Patrick, Shiv y Oli, millenials como generación, que contemplaron cuando eran niños cómo esos bloques explotaban y desaparecían. Pero ver las torres caer, en esas imágenes documentales, contiene también todo un telón simbólico en torno al derrumbe de una determinada promesa social británica que se refleja, a su vez, en la precariedad de la vida de los protagonistas, en el modo en el que sus expectativas se han visto incumplidas e incluso en el modo como sus relaciones de amistad se ven afectadas. La construcción de nuevos bloques (a lo que se dedica Conor) contrapone además la idea de una nueva especulación inmobiliaria que no vendrá a solucionar la desigualdad social.
Como adaptación del libro homónimo de Keiran Goddard, el film de Barnard establece un paralelismo entre urbanismo, clase social y vida íntima a partir de una propuesta coral que expresa en cada personaje una forma distinta de enfrentarse al derrumbe de la clase trabajadora en la Inglaterra contemporánea. Y aunque se trata de un drama, el film huye de cualquier subrayado solemne para construir un tono sorprendentemente vitalista e incluso luminoso (“la alegría como acto de resistencia”, explicó Clio Barnard en el Q&A). En esa búsqueda, la música ocupa un lugar esencial: no solo vertebra el ritmo y la estructura emocional de la película, sino que adquiere también una poderosa dimensión simbólica. Las canciones compartidas en fiestas y pubs aparecen como los últimos espacios de comunidad y pertenencia. Y la música es esa forma de resistencia colectiva que otorga al film un eco melancólico de la juventud de los noventa que se resiste a desaparecer.








