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Jonay Armas.

Bastaría una sola película (Cuenta atrás, 2010) para situar los límites del cine firmado por Fred Cavayé, que ha contado siempre el mismo relato bajo rostros diferentes. Sus largometrajes convocan elementos propios del thriller americano por el puro placer de jugar a emularlos, nunca con la intención de construir algo nuevo a partir de ellos. De ese modo, su nuevo film también respira los métodos de los grandes títulos del cine de acción, aunque no comparta la solidez argumental de aquellos.

En Mea culpa los nudos de la historia solo existen para dar paso a un nuevo escenario y a una nueva posibilidad de filmar el siguiente tiroteo o una persecución frenética. Las motivaciones son primitivas y elementales: perseguir al criminal hasta darle caza, y mientras todo permanezca en constante movimiento la trama puede pasar a un segundo plano. La cámara acompaña con insistencia a Vincent Lindon y Gilles Lellouche, auténticos talismanes del realizador.

Para crear un rasgo distintivo, una justificación y un punto que otorgue personalidad a sus protagonistas, Fred Cavayé recurre a otro de los pilares que sustentan su modus operandi: la presencia de la familia como motor del drama. Gracias a ella hay un motivo por el que correr, una razón por la que disparar y un disfraz con el que ocultar, a golpe de flashback, la inmadurez de todo aquello que se pone en juego.